lunes, 14 de noviembre de 2016

Definitivamente es mucho más, por Denis Fortun


(Palabras de presentación a la novela 2x2 no siempre es 4, del escritor Carlos A. Dueñas, en Miami, el viernes 11 de noviembre, 2016)

Entre las tantas complacencias que nos legaron los griegos, al amparo del saber y de ese hedonismo que ejercían con tanto refinamiento, está la literatura en su forma expresamente impúdica. Los primeros escritos sobre erotismo se remontan a esa Grecia lúcida y sensual, donde dioses y mortales se deleitaban con los placeres de la existencia terrenal y etérea, a nivel de cuerpo y mente, con vigor e ilustración. Está Aristófanes, por ejemplo, el más conocido autor, con su obra Lisístrata, junto a Sótades -suerte de padre de la literatura sotádica, como igual se nombra a la literatura erótica-, con sus poemas apocalípticos, satíricos, por los que, incluso, hubo de ir a la prisión al criticar el incesto de Ptolomeo con su hermana Arsínoe; y Luciano, a quien se le atribuye la hechura del libro pornográfico más antiguo: Los diálogos de las cortesanas.
Amén de franjas sombrías en su andar, increíblemente refrendadas con obstinación en la modernidad, el hombre desde que reconociera su mayoría de edad intelectual, ha sentido esa necesidad casi convulsa de expresarse a través del arte y la literatura. Esta última, en cualquiera de sus formas, ha servido para consentir esa pretensión. Cuentos, novelas, crónicas, teatro, manuales, poemas y memorias sobradamente excitantes, cantan y relatan los más innumerables temas que, como humanos, nos perturban, presuponen trascendencia, y el erotismo, sin reducirlo a privanzas, ha estado presente; incluso, la pornografía si se fragua como una descripción lacónica de los placeres carnales y sin alcanzar la obscenidad, que la distingue, cuando desprecia el acto producto del tizne que carga consigo el lenguaje escatológico, lo que empaña el recorrido idéntico que comparten con el erotismo, al resultar menos revalorizada.
Pero muy poco ha cambiado desde los griegos antiguos hasta hoy. Y todo vale al amparo de Eros y Príapo. Y ese todo va asociado a la cultura en general, y unas veces es bodrio, y otras se proyecta con viso de obra maestra, en la literatura romana, vale citar El arte de amar, de Ovidio; El Satiricón, de Petronio. En la India, El Kama Sutra, el más célebre manual sobre prácticas sexuales. En el Renacimiento, El Decamerón, de Boccaccio; Facecias, de Bracciolini; un poco más adelante, Aline y Valcour, del no menos reputado maestro en estas lides de carnes, jadeo, sudor, emociones enérgicas, el Marqués de Sade. Sin desmerecer otros clásicos del género, y olvidar otras nada que ver con esta singularidad literaria, en los que en sus páginas se encuentras pasajes de intensa lubricidad. 
Sin embargo, el mundo ha sido lo bastante melindroso con la literatura erótica. Desde sus inicios, lo mismo ha sufrido un estigma que la reduce a lo prohibitivo, lo pecaminoso, y ha recibido de la sociedad un aparente rechazo; y digo aparente porque igual el descredito es fingido. El hombre no está únicamente ávido por decir, sino por examinarse y disfrutar de todo lo que proporcione placer. Y no hay margen a dudas, el sexo es de las delectaciones más urgentes y demandadas. Por solo mencionar un ejemplo, la novela Fifty Shades of Grey, de la británica E.L. James (y luego, acusan a los ingleses de flemáticos e imperturbables), ha vendido más de 31 millones de copias en todo el mundo, y la historia de Ana Steele y Christian Grey ha sido llevada al cine, a pesar de que la crítica especializada considere a la susodicha novela como ficción menor y a sus lectores no muy exigentes, que digamos, sobre todo el lector femenino, que aparentemente debería rechazar la historia con indignación al mostrarse a la mujer como un objeto manso, manipulable. Por cierto, un dato al margen, sugestivo, sobre escritores ingleses, las ventas de Fifty Shades of Grey superan a la saga de Harry Potter, lo que evidencia mi comentario anterior: el sexo atrae más que la fantasía, aun cuando en esta, una vara mágica sea un arma recurrente.
Por supuesto, esa dualidad de tramoya que marca a la literatura erótica, en la actualidad no ha desparecido. Aún quedan legiones de puritanos que la condenan, a pesar de que hoy día el rechazo debería centrarse en la forma y no el contenido; que una historia por muy buena que sea, no merece ser mal contada, aun cuando involucre un tema tan "fascinante". Y es justamente aquí donde se impone comentar la novela que nos reúne esta noche.
2x2 nosiempre es 4 (CAAW Ediciones, 2016), de Carlos Alberto Dueñas, narra una historia, en apariencia, como muchas otras de amor y sexo. Su autor lo hace con una prosa sosegada, decente, que insinúa, y que al instante de leerla bien puede excitarlo, sin caer, por eso, la palabra en el punto escatológico que me refería al inicio de esta presentación, y que se explora en la pornografía más descarnada. Sin embargo, la historia de Nicole, una exitosa y sensual editora, no se somete exclusivamente a provocarnos fantasías instintivas, hay más, pues hay conflicto. Ella es una mujer que carga un fardo pesado: ha de lidiar, hasta el día en que por primera vez camina desnuda por la orilla de una playa -minuto en que su vida cambia diametralmente, de modo dramático-, con un matrimonio disfuncional. Ella, una mujer sumamente hermosa, vive atrapada por la rutina, esa madeja que estamos al tanto de su naturaleza y sus causas cuando ya quedamos enganchados, y que finiquita sembrando la insatisfacción más espantosa con raíces fuertes, insondables.
Y es que su relación está signada por el fracaso, con esperanzas muy cortas y la larga certeza de que nada, por mucho esfuerzo que se imagine de ambas partes, va a funcionar como debe. A esto se suma una infidelidad de su esposo que la ha marcado, que aparentemente perdona, pues así lo espera de ella esa familia patriarcal a la que pertenece, porque ellos siempre serán sus dueños -padre, hermanos, marido-. Nicole vive en una sociedad donde priman los valores machitas, que ha de obedecer sin chistar, y que la juzgaría severamente si se apartara de su hombre, si se revela en contra de esa sumisión que se ha institucionalizado, poco más o menos para la mujer desde tiempos inmemoriales. Pero Nicole es una mujer con ambiciones, diferentes de la media comedida y, sobre todo, con unos "raros" deseos, a los que teme en un inicio. Su "zona oscura", donde se amanceban sus demonios, le hace padecer sentimientos de una culpabilidad terrible, sin embargo, después los disfruta y de qué manera, a tal punto, que la estremece, mostrando una mujer que construye complicidades con una inflexión desconocida, que diversifica sus preferencias. Y claro, la protagonista de esta historia, que la marca indistintamente el prejuicio y mucho más el recelo de mostrar concierto con la otra hembra irreverente, desinhibida, libidinosa, que habita dentro de ella, que no conoce todavía con absoluta claridad, y que no quiere aceptar, que se esfuerza por esconder a su marido, a ella misma, finalmente cede y se implica en esa duplicidad que la aprehende, la seduce, como lo mismo le atrae otra mujer que, nada más pensarla, la empapa.
2x2… es la quimera del retozo figuradamente seductivo en su génesis. Sin embargo, a medida que nos adentramos en el paginado, surgen posibilidades insospechadas que rompen con fuertes tabúes, que presuponen intercambios, y cambios. Que genera un juego peligroso si se traspasan los límites que inducen, primero al rechazo, y prontamente, a la adicción más envilecida que ostenta esa realidad de miserias que comparecen paralelamente con esos demonios, y que destruyen de no saber domesticarlos, reconocerles. Es un resbaladizo juego donde consta una pauta que no debe ignorarse su estricta observancia: si se trata de "cumplir las reglas" que establecen el sentido que propone solo la satisfacción del sexo, la lujuria más desenfrenada, es delicado, muy peligroso, implicar el afecto. Enamorarse, rematar amando a quien no se debe amar, es absolutamente impensable.
Carlos Alberto recrea una ficción que les recomiendo, con un final insospechado, escrita para lectores irreconciliables con un comportamiento mojigato y moralista. Es decir, presento una novela hecha para todos los que estamos aquí hoy, gente desprejuiciada, que asumo open mind, y que insisto, deben leer tan pronto como esta misma noche.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Entre generaciones se decide el juego

Confieso que llevo tres días metiéndole cabeza al asunto, leyendo noticias, columnas de opinión, post de amigos y conocidos, comparando estadísticas, encuestas, e intentando descifrar todas las señales y, sobre todo, repasando a mi gurús Bauman y Agamben.
Soy Generación X, aunque en Cubita, mi país natal, me tilden de Generación Y por la inicial de mi nombre, pero realmente soy Generación X, la generación que actualmente tiene entre 39 y 49 años. Los Gen Y son los que vienen detrás de mí, los que en estas elecciones presidenciales se llevaron el protagónico, porque podía y no lo hicieron, y ahora inconformes, se tiraron a la calle a protestar. Y hablo de la Generación Y, o como la prensa los llama: los Millennials.
Desde el 2012, repito una palabra: reinventarse, y como buena Generación X, pongo de ejemplo a Madonna, para mí, la reina del reinventarse y seguir en la preferencia. En el 2012 y por varias circunstancias personales, entendí el concepto y miré mi vida en retrospectiva: si no me hubiera reinventado, no hubiera sobrevivido una Cuba con Período Especial y un exilio en un país ajeno, sola y diferente. Por tanto, el concepto fue la epifanía: reinventarse, porque la supervivencia consiste en reinventarse continuamente, adaptarse a los cambios y moldearlos a ti, tal como dijera el abuelo Darwin: «la supervivencia del más apto». Y así iba, creyendo que lo lograba, caminando feliz entre el mundo analógico de donde vengo y el mundo digital que se impone desde que inició la llamada Revolución Tecnológica.  Incluso, hasta uso los dos términos, analógico y digital, para etiquetar pensamiento. Así iba, creyendo, ilusa, que funcionaba.
Pero los Millennials, en estas elecciones presidenciales, me hicieron sentir completamente irreal y hasta analógica veterana. De pronto, me vi como una mezcla entre avatar y persona de carne y hueso, que se pierde en una secondlife donde la Mujer Maravilla es embajadora de la ONU para enseñar a niñas, reales, a defenderse de la violencia de género; donde se crean revoluciones chulas y peticiones de campañas virtuales a las que me uno, creyendo que realmente cambiarán algo; rodeada de desconocidos virtuales con nombres y fotos de perfiles graciosos, entre hashtag multitudinarios que abruman, para despertar después en la vida real, con estadísticas reales y dolorosas que confirman que todo sigue igual, y a veces peor, si nos guiamos por los noticieros.
Los Millennials, según han ido revelando los números, dieron la mayoría de su voto a la Clinton, un 8% votó por la opción alternativa y los demás, muchos, no votaron, se quedaron quizá en Starbucks, metidos en sus virtuales zonas de confort. Los que saben, dicen que es lo lógico y siguen tan anchos, pero yo me escandalizo y descoloco, porque se me despinta la analógica. Primero, me encantan las alternativas, mucho más porque me saturé de ¡patria o muerte!, dentro o nada, revolucionario-contrarrevolucionario, esas dos opciones que nos imponen allá en Cubita. Pero reconozco que las opciones políticas y sociales funcionan, si viviéramos en sociedades reales de alternativas. A pesar de insistir que tenemos alternativas, vivimos en un sistema, casi absoluto, de dos opciones: republicano-demócrata, donde las opciones como votar liberal o no votar, no pasan más allá de opciones en boleta. En la realidad, votar liberal o no votar, lo único que hace es favorecer a un candidato de las opciones establecidas y en algunos casos, como ahora, fortalecer al candidato que no querían los Millennials, y que creen que ahora lo resolverán, tirándose a las calles en protestas. Pero desgraciadamente, no se resolverá de esa manera. Se resolvía en las urnas y no hacerlo, era un error. Porque aunque los Youtubers le hagan la competencia a los medios audiovisuales convencionales, los blogs y los periódicos independientes onlines tengan más seguidores que la prensa escrita convencional, y la mayoría de las revoluciones las gesten los Millennials en Facebook, Instagram, Twitter, Flickr, Tumblr, WhatsApp, Snapchat y YouTube (y solo menciono las más conocidos, porque la masa de App que ellos manejan es alucinante), creando y desbaratando grandes comunidades de afinidades, sin conocer a casi nadie personalmente, la dura realidad es que si no salen de la secondlife a participar activamente en la vida real, seguiremos analógicos, social, política y económicamente hablando.
Y quien lo dude, es porque no leen las señales de todas las elecciones que han ido sucediendo desde el 2007, en el mundo, y las sucedidas en estos 8 años con tres elecciones a cuestas, donde nos cuentan que los Millennials andan decidiendo la jugada. Y para que disipen la duda, repasemos los números: en Estados Unidos hay censados más de 83 millones de Millennnials, o sea, más de la cuarta parte de la población, y actualmente, superan en cantidad a los Baby Boomers (la generación antes que la mía), siendo entonces la generación más grande del país junto a los Gen X (o sea, mi generación), y agrupados X y Y (la mía y Millennials) formamos el grupo electoral más grande: 56%. Que fuera un peso electoral heavy si los Millennials se dejaran atrapar, y si hubieran salido a votar en bloque como anunciaron en las redes sociales, que dicen los que saben, que entonces hubiera ganado la Clinton.
Y fíjense si los Gen Y no se dejan atrapar que, por ejemplo, mientras Obama se mostraba con su Blackberry en la mano, conectado a tiempo completo en las redes, lanzando su grito de guerra ¡Yes We Can!, con propuestas innovadoras anti-establishment y subiendo las escaleras a trote como un adolescente, los Millennials le hacían la ola y lo seguían hipnotizados suscribiéndose por montones a sus perfiles, siendo empujados a salir de sus sofás para votar real. Cuando Obama soltó el celular y empezó a encanecer con las manos en los bolsillos, no lo salvaron las perretas y el pulso que echaba con los que «mecen la cuna», porque los Millennials veían que el pulso quien lo echaba, realmente, era la Malia con sus post rebeldes, sus camisetas con frases que respondían a la crítica y su participación en conciertos «raros» donde «parecía que fumaba mariguana», según enfatizaba la prensa convencional. Y la actitud adolescente, típica (todos pasamos por ahí), chocó con la preocupación, típica (muchos estamos ahí) del presidente por su hija, y entonces, Obama comenzó a develarse como la Generación X que es: ¡un papá aferrado a lo clásico! Y ahí ¡¡bye bye Millennials!! y #ObamaNoEsIn.
Porque tenemos que entender que los Millennials son una generación crítica y exigente, pero muy volátil, que tienen una relación (yo diría bipolar) con la política-sociedad-economía formal, abierto a todo lo no tradicional porque desconfían de ello. Por eso, su volatilidad (¿ya enfaticé que eran volátiles?) los hacen sentirse hoy atraídos por Sanders, emigrar a Hillary cuando dio su apoyo a Sanders, repudiar a Hillary porque escogió un matrimonio convencional de conveniencia, amar a Hillary porque es una mujer inteligente y profesional, repudiar a Trump por sus comentarios sexistas y racistas, admirar a Trump por ser un empresario de éxito, escuchar a Trump porque no es políticamente correcto, odiar a Trump porque excluye a las minorías, y así, envueltos en la bandera progresista y liberal, desde donde quiera que puedan conectarse virtualmente a través de su secondlife, armando revoluciones virtuales que mueven millones de seguidores, que convierten en tendencia viral una causa que dentro de dos semanas será obsoleta porque ellos ya están creando el próximo hashtag que revolucionará la Red. Y aquí es donde soy yo la que hace perreta, saca su 60% analógico y grita que necesitamos un laboratorio para lograr conciliar X y Y en una sola cadena cromosómica eficiente que nos haga caminar hacia delante, y no como si estuviéramos en una montaña rusa a alta velocidad donde se me acumulan las situaciones sin soluciones y donde giro en el mismo sitio.
Y es que definitivamente, la comunicación universal actual no es el celular como pretenden los Millennials, ni la vida real es un batido de colores brillantes entre secondlife y la realidad, ni los problemas se resuelven con un hashtag por muchos suscriptores que tenga y muchas fotos y videos que cuelguen protestando. La realidad es esta, donde hay muchos (aunque andemos hacia ser minoría) que seguimos pegados a los valores convencionales (pudiéramos decir: «del pasado»), aunque logremos conciliar un idealismo sesentero con un cinismo pragmático a golpe de crisis y recesiones, donde a veces el exceso de tecnología e información nos agobia y nos lleva a reunirnos real para un café o cervezas, y vivimos con los pies entre los chanchullos del cibersolar, las cuentas del mes y leemos periódicos establecidos aunque sea online, entre blog y columnas de opinión, y tenemos televisores en nuestras salas con noticieros parcializados, y generalmente, andamos más tiempo lejos de la comodidad de nuestros sofás. La vida real es que cuando queremos cambiar algo, tenemos que votar (real) en las elecciones porque un voto sí cuenta, o proponer (real) enmiendas y leyes a través de los canales (reales) establecidos y no armar dimensiones fantásticas virtuales llenas de activistas de campañas fabulosas y cuando la vida real nos golpea porque no salen las cosas como queremos, entonces salir de la virtualidad para revolucionar a protestas reales las ciudades, protestas que dentro de dos días no serán más que otra tendencia en la secondlife con un párrafo de hashtag, sin soluciones.  

Porque, al final de todo, aunque una costa sea hípster y la otra hippie, seguimos siendo un país capitalista, donde la Gen X manda a sus hijos Gen Y a las universidades para que sean profesionales y tengan buenos trabajos, o creen sus propias empresas, exitosas y prósperas, todo muy conservador. Porque al final de todo, sigue triunfando el conservadurismo, siendo ahora más fuerte que nunca, aunque algunos sigan diciendo que el elegido no lo representa y se crean que ¡ahora sí vamos a cambiar! Pero realmente, no vamos a cambiar, porque el quid está en agarrar lo mejor de un lado y de otro, y armar un producto nuevo, que revolucione las dos dimensiones: la real y la virtual, y logre sacar, de una vez, a los Millennials de su cómoda secondlife para que participen en la vida real con sus ideas, sus proyectos, su activismo, y sobre todo, voten real por lo que quieren, porque un voto sí cuenta. Porque al final de todo, ¿qué hacemos viviendo de tendencia en tendencia, de hashtag en hasgtag, armando perreta cuando no sale lo que idealizaron en su dimensión virtual, y revolucionando el frágil sistema mil veces zurcido y apuntalado, pero que sigue funcionando como la vieja montaña rusa de madera? Porque al final de todo, cuando se caiga este sistema, ¿qué es lo next, si no tenemos propuestas reales, en la vida real? ¿Qué es realmente lo next, en un mundo que se debate entre lo global y los muros, con docenas de ideologías y sistemas sociales fracasados y obsoletos que insistimos en revender, donde «la política no cabe en la azucarera», y los inmigrantes y supuestos nativos se dan piñazos en un metro cuadrado de cemento, donde quiera? ¿Qué es lo next en un Acuaworld donde la anarquía virtual es la Tierra Prometida completamente incomunicada con el Planeta Tierra? ¿Qué es lo next cuando la Generación Z (mi Carola) ya comenzó a empujar para posesionarse, con una dependencia mayor de la tecnología y donde impera Snapchat con su sistema de borrado de mensajes y Signal con su sistema de cifrado que no puede penetrar ni el FBI? ¿Qué es lo next? ¡¡No lo sé!! Lo que sí sé es que urge reinventarnos o seguiremos entrando, profundo, en esta mala parodia de Game of Thrones con Terminator, y cuando sea tarde nos daremos cuenta que se nos olvidó cargar con el GPS analógico para encontrar la salida del laberinto, y las actualizaciones entraron por Snapchat y se borraron, y quien único tiene la respuesta se comunica por Signal y no podemos penetrarlo, porque convive su eterna secondlife bajo el avatar de Anónimo, ¿y quién es Anónimo?... digo yo.

miércoles, 13 de abril de 2016

Cuentos eróticos cubanos en Barcelona

Cuentos eróticos cubanos de Exorcismo Final estarán calentando el ambiente del Museo Erótico de Barcelona, el próximo 23 de abril, Día de San Jordi.
Seis de los cuentos del libro Exorcismo Final ya andan haciendo estragos por Barcelona, según comentan las actrices Marieta Sánchez, Yaneys Cabrera y Sonia Jerez, donde hasta la gata de una de ellas fue poseída por un “frenetismo afectivo” durante uno de los ensayos. Si no lo creen, pregúntele a la directora y adaptadora de esta lectura teatralizada, Selene Perdomo Chacón, que ha logrado llevar la alta tensión sexual de cada cuento escogido de Exorcismo Final al escenario, hasta lograr altas temperaturas nunca antes registradas en Barcelona, la cual ya tiene categoría de ola de “calor”, según sus involucrados.
Pero si aun sigue sin creerlo, los invito a que sean testigos de esta “calentura” teatral y literaria, el próximo 23 de abril, Día de San Jordi, en el Museo Erótico de Barcelona, a las 18 horas, un evento organizado y patrocinado por el Museo Erótico, Papito Project Más que Cultura y CAAW Ediciones. Donde además de la lectura teatralizada de los cuentos eróticos Degustación de ébano, La sorpresa, Vieja columna para un Lobo Estepario, Cuatro manos, un piano y una flor, El negro desconocido y Fantasía de rabbit a dos manos, habrá una proyección de fotografías de desnudos artísticos de Judith G. Tur, con música en vivo de Alex Fong (guitarra) y Julio Nahimim Carbonel (saxo y percusión), y se estarán vendiendo ejemplares de Exorcismo Final.
Advertencia: Los organizadores del evento no recomiendan asistir en solitario a la presentación, se sugiere ir acompañados de amigos, pareja o cualquier otro que lo ayude a sobrevivir el calor de Exorcismo Finaly que preferentemente sea alguien afín a usted.

martes, 5 de abril de 2016

Autores de CAAW Ediciones en versión digital


Ando muy feliz porque a finales de esta semana lanzamos las versiones digitales de Orgasmos, Josué Barredo Lagarde (CAAW Ediciones, 2015) y A Gabriel no lo mató la luna, Idania Bacallao Iturria (CAAW Ediciones, 2015) que estarán disponibles en Baja Libros, una de las plataformas digitales de libros más importantes del mundo hispano y a finales de semana en Smashwords, una plataforma digital que distribuye a sitios importantes como iTunes, Kobo y Scribd.


Las versiones digitales de Orgasmos y A Gabriel no lo mató la luna se suman al catálogo online de CAAW Ediciones iniciado con Exorcismo Final, Yovana Martínez (CAAW Ediciones, 2015) que también puede adquirirse en estos sitios de ventas de libros digitales.
Igualmente, a partir de mayo los libros de CAAW Ediciones comenzarán a distribuirse en librerías de Miami y New York, as í que estén atentos a la noticia para que se den una vueltecita por las librerías.
Seguimos caminando y pronto nos veremos las caras en dos eventos de libros que estamos cocinando con otras editoriales independientes de Miami.

viernes, 25 de marzo de 2016

Prólogo Justine o Los infortunios de la virtud, de Marqués de Sade (Edición revisada y corregida, CAAW Ediciones, 2016)

Prólogo escrito por Kelly Martínez



¡Ay! ¿Qué son pues el bien y el mal? ¿Son una misma cosa por la que testimoniamos con rabia nuestra impotencia y la pasión de alcanzar el infinito hasta por los medios más insensatos?
Lautrémont 
Cantos de Maldoror


Decir que Justine o Los infortunios de la virtud, del Marqués de Sade, es una obra de la que se sale ileso es, tal vez, hacer alarde de una pedante coraza postmoderna. Justine es una obra difícil, como difícil fueron todas las creaciones de Donatien Alphonse François de Sade; un personaje que, a pesar de haber escrito hace ya dos siglos (el año pasado se cumplieron doscientos años de su muerte) resulta, para la literatura, un descubrimiento bastante reciente. Perseguido y condenado, pasó veintisiete de sus setentaicuatro años de vida en la cárcel, acusado de inmoralidad. Los escándalos que giraron a su alrededor fueron muchos y, sin embargo, ninguna de las acusaciones que se le hicieron fue confirmada. Sade sigue siendo, para nosotros, una figura mística y misteriosa, controversial e inexplicable, amada o aborrecida. Su obra –que circuló clandestinamente por mucho tiempo y se supone influyó en escritores como Dostoievski, Baudelaire y Artaud– fue editada por Guillaume Apollinaire, a principios del siglo XX y reivindicada por los surrealistas, quienes no en vano lo consideraron su precursor. El divino Marqués, sobrenombre con que lo rebautizaron, tiene mucho de onírico: una tierra maldita donde el deseo besa a la pesadilla.
Todo el siglo XX discutió la obra de Sade, que tiene apasionados detractores y apologistas. Simone de Beauvoir, Maurice Blanchot, George Bataille y Michel Foucault (solo por citar el nombre de algunas luminarias) dedicaron páginas a intentar dilucidar un discurso que, incluso hoy –y en medio de nuestros afanes de liberación de la moral judeo-cristiana– sigue siendo filoso: un tajo profundísimo en nuestra racionalidad, una herida en lo que se supone acuña nuestra supremacía como especie. Sade nos recuerda que también podemos ser bestias, su obra está suspendida en un terreno particular y ambiguo entre el terror y la lucidez. De la misma forma en que El Quijote y sus delirios, o Hamlet y su duda son considerados precursores de lo moderno, Justine y su mancillada virtud abren un espacio donde la caída e inversión de la monumentalidad de nuestros valores se advierten. Con su heroína, Sade había presentido ya la muerte de Dios; comienza la semilla del descreimiento. Lo que se mancilla allí es, sobre todo, la Verdad, diosa y señora del Iluminismo.
Nada puedo decir yo que los autores anteriormente mencionados no hayan dicho sobre la obra de Sade y específicamente sobre Justine. Puedo, si acaso, intentar decirlo con mis propias configuraciones; mirarlo desde mi propia época e incluso, desde la condición de ser mujer en el momento en que me ha tocado serlo. No soy detractora ni apologista del Marqués. Los extremos, me parece, siempre se tocan y tal vez, muy secretamente, ambas cosas –condena y exaltamiento– sean formas de un mismo puritanismo, que intenta reducir lo sexual a un mero compendio de fórmulas. Puedo decir dos cosas, eso sí, con toda sinceridad: la primera es que, para leer Justine, hay que despojarse –en la medida de lo posible– de toda civilización. En segundo lugar que, aún hecho eso, sigue siendo una novela escandalosa y las razones van más allá del compendio de escenas sexuales terriblemente crueles, incluso para nuestros tiempos. El sadomasoquismo –que ya sabemos a quién le debe su nombre– tiene, hoy en día, códigos de conducta. Hay un límite, un punto donde se hace necesario parar; donde podemos parar. Nuestra perversión, aún cuando finge libertad, tiene leyes. Los sufrimientos de Justine, de Thérèse –nombre bajo el que se disfraza el personaje central de la novela– no se rigen por ley alguna, no en el punto en que ley es límite. Dependen –en cada episodio con mayor furor– de los caprichos extralimitados de su autor y Sade tenía una imaginación desbordada para el espanto.
Es, precisamente, en esa extralimitación donde reside el escándalo. No porque sea cruel, no porque sea explícita, no porque ataque nuestro sentido de lo que es justicia o bondad. No es ni siquiera porque, secretamente, podamos disfrutar un poco de la perversión inclemente a la que Sade parece someternos, esclavizados y violentados como lectores o convertidos espectadores violentos. Es –y sobre todas las cosas– porque la ausencia de límites no se sustenta solamente en lo narrado, sino en la forma de esa narración; una obra que constantemente se repite a sí misma para hablar de lo único que le interesa hablar: el deseo, el triunfo de la corrupción sobre la virtud. La sexualidad, en Justine –y a pesar de lo aparentemente detallado de las descripciones– escapa de toda posibilidad de representación. Se convierte, cada vez con mayor ahínco, en un amasijo de cuerpos y humores cuyos planos y secuencias terminan resultando imposibles. Una especie de fantasía delirante y amorfa donde todo se funde; un sexo monstruo y pulpo, con cabezas y brazos múltiples, y agujeros que se ofrecen como ojos. Una copula, un orden es una representación abstracta o cubista de la depravación.
Es tal vez por eso, que los grabados que se hicieran para ilustrar la obra terminan pareciendo deslucidos y, lo que atribuimos a la mojigatería propia de una época, puede terminar siendo la imposibilidad de darle forma a lo informe. Al fin y al cabo y como dijera Salman Rushdie en su charla en Miami, a raíz de la Feria Internacional del Libro 2015: «...es muy difícil escribir sobre sexo, sino se habla de él como un acto absurdo». Y digo que allí reside el escándalo porque, en el momento en que se quiebran los límites de la representación se quiebran también los límites de la imaginación: la facultad de cada uno para concebir el placer y el horror –o la mezcla de ambos– es puesta en jaque. Pero también esa repetición aburre, el objeto de representación termina normalizándose y banalizándose. Uno ya sabe a qué atenerse, en determinado momento se suspende la sorpresa. Foucault dijo, en una entrevista en 1975, que «Sade era un sargento del sexo, un agente contable de culos y sus equivalentes». Y de alguna forma, tenía razón: Sade es un negador del erotismo, si pensamos en éste como pulsión vital de donde brota la vida. Desde allí, el erotismo sadiano es estéril. Sin embargo, soy firme creyente de que la literatura erótica sirve siempre para hablar de algo más, que el sexo es sólo una excusa; un disfraz trasgresor, irreverente, con que a veces vestimos preocupaciones fundamentales de ese acto circense que es existir. Tal vez no haya nada menos erótico que la literatura erótica. Tal vez el erotismo no es una forma de vivir el mundo, sino de pensarlo.
Nunca dejaré de hacer hincapié, nunca, en ese mito órfico en el que la Noche y el Viento depositan un huevo en el regazo de la Oscuridad y de ese huevo nace Eros, Fanes, el que trae la luz. Antes de eso, Caos, el gran bostezo. Lo erótico ilumina y rasga, organiza el caos. Permite codificar, incluso en una voz tan informe como la de Sade, diferentes estructuras. En ese sentido, quedarse solamente con la violencia absurda y surreal de Justine, podría ser convertirse en otro carcelero de Sade y Sade ha formulado de diez maneras la idea de que los más grandes excesos del hombre exigían el secreto, la oscuridad del abismo, la soledad inviolable de una celda. Ahora bien, cosa bien extraña son los guardianes de la moralidad quienes condenándolo al secreto se hicieron cómplices de la más fuerte inmoralidad.[1] Al fin y al cabo, Sade no inventó el sadismo, existía mucho antes que él y, si acaso, lo hizo público. Lo sacó de las sombras y lo convirtió en un grito con el que denunciaba y condenaba la hipocresía de su época, pues los personajes que abusan de Thérèse pertenecen no sólo a las más bajas categorías sociales, sino principalmente a las altas esferas del poder.
Más que el triunfo de la perversión sobre la virtud, del mal sobre el bien, Justine es una puesta en escena (no olvidemos que Sade amó el teatro y la dramaturgia) del triunfo del poder sobre los desposeídos, de cómo la miseria es una forma de indefensión y un camino fácil para la corrupción. El Marqués, se me ocurre, lo dijo primero que Víctor Hugo y no se trata de que fuese un visionario; era un hombre culto y, como muchos de los hombres realmente cultos de su tiempo, leyó a Rousseau y leyó a Voltaire. La ambigüedad de su obra, si la revisamos a la luz de la modernidad, radica en que tal vez Sade era más moralista que los moralistas, en ese punto en que ética y moral se funden.
Pero la novela es también un grito contra el privilegio de la luz sobre la sombra, de la razón sobre la sinrazón. Justine olfatea y anuncia el espíritu Romántico y lo hace con ferocidad. Eso no es mero eufemismo, todo en ella es brutal, no encontramos melancolía y ruina. Su heroína es una heroína trágica y, como en toda tragedia, no puede escapar de su espantoso destino. Aquí no hay finales felices, reivindicaciones evidentes. También hay alguien a quien, a cambio de querer hacer el bien, un águila le roe la entrañas. Hay un coro, un conjunto de voces polifónicas que cantan las virtudes del crimen, el crimen de la virtud y nos obligan a tomar una postura ética. Frente a las apologías al bien y las apologías al mal, Sade nos fuerza a elegir: descubrimos que no somos tan buenos como creemos, ni tampoco tan malos. La obra es una prueba, nos exige mirarnos en la multidimensionalidad de nuestro ser. ¿Cuántos de nosotros, que tanto nos ufanamos de una moral intachable, no sucumbiríamos ante propuestas indecorosas con tal de escaparnos de los horrores a los que se ve sometida Thérèse por no aceptar mancillar su honor?
Primo Levi, en Los hundidos y los salvados, dedica varias líneas a los judíos que, en los campos de concentración, se aliaron con los nazis y traicionaron a su gente. No pide perdón, sino comprensión: ante situaciones límite, cualquiera de nosotros –y aunque nos resistamos a creerlo– podría hacer lo mismo. Es fácil hablar de la muerte, difícil es verla a los ojos y la naturaleza humana es capaz de tomar caminos inesperados. El instinto de salvación nos lleva, a veces, a derroteros desconocidos y no hay ser humano que no pruebe su verdadera estofa ante la miseria o el poder. Thérèse, en cambio, no se quiebra, permanece incólume en su defensa del bien, que muchas veces resulta desesperante. Uno entiende, allí, la debilidad de la propia virtud, se nos obliga a repensarla.
La palabra virtud, como casi todas las palabras que importan, es una palabra difícil. Su origen está asociada a vir: hombre, guerrero. Es decir, hay implícito, en ella, un valor viril. Su plural -virtudes- estaba, no obs­tante, asociado a una serie de cualidades sin género. Pero, en la virtud cristiana, el peso de lo femenino parece ser fundamental: María, la doncella, la virgen, es el epítome de lo virtuoso. Iconológicamente, las odas a las virtudes cristianas (fe, esperanza, caridad, fortaleza, justicia, prudencia y templanza) están simbolizadas por mujeres. La justicia, curiosamente, es la virtud con la que se combate el pecado de lujuria. Sade contradice eso: Thérèse guarda con celo su virtud, su virginidad, que se le arrebata una y mil veces. No hay para ella sino injusticia y lujuria, pero su virginidad psíquica permanece intacta. Thérèse es ingenua y es precisamente esa ingenuidad lo que la lleva, una y otra vez, a caer en las trampas de la maldad y el vicio. Una ingenuidad que debe ser torturada, manchada, humillada, despedazada, aniquilada. Sade destruye a Dios y, por ende, destruye al hombre, su imagen y semejanza. Thérèse se salva de su suerte para caer siempre en una suerte peor y, lo que es más terrible de asumir y digerir, Thérèse elige su suerte. Lo que llama Providencia es siempre el capricho externo al que la someten los verdugos a los que, sin saberlo y poco previsora, va escogiendo. Incluso, cuando siente desconfianza, opta por creer en el bien. Su dolor no es una luz que rasga, como el dolor de Edipo, y que conduce a la ceguera. Es su ceguera lo que conduce al dolor. Sade invierte códigos y con ello parece pedirnos malicia, conciencia, como una forma de salvarnos del mundo.
«Estás pagando demasiado por una quimera, algo que sólo tiene el valor que le atribuye tu orgullo», le dice uno de los personajes a Thérèse. Y resulta difícil para nosotros, educados en la defensa del bien, asumir que el bien pueda una quimera, ¿qué clase de mundo nos queda si no hay bien? ¿En qué nos refugiamos? Justine nos arroja a la intemperie, a la muerte, a la ausencia de Dios. Nos convierte en gusanos idolatradores de un cadáver y a nuestra cultura no le gusta lo putrefacto. Justine es lo putrefacto. Es la excrecencia, el vómito, la violación; un espejo macabro que nos obliga a enfrentarnos, de la forma más violenta posible, con todo aquello que nos resulta inadmisible de nuestra propia naturaleza. Sade y Goya no podían sino nacer en el mismo siglo: el sueño de la razón, definitivamente, engendra monstruos.
Paradójicamente, adoramos la imagen de un hombre torturado en una cruz y nos resulta redentora ¿Es Thérèse una figura crística? ¿Puede uno pensarla como un vehículo de expiación del pecado, un cordero de Dios? ¿El sacrificio consumido por el fuego del holocausto? ¿Es lo que nos pide asumir y entender Sade? ¿Es toda su novela una ironía? Es difícil saberlo. El libro acepta todas las lecturas posibles, tal vez por su misma incapacidad para la representación. Es también una miseria y un poder ante el cual reflejamos nuestra estofa. Tal vez eso, ese juego de espejos que es la novela, lo que la sigue convirtiendo en tema de múltiples diatribas. Pone en relieve, además, la profunda (tan profunda que llega a ser banal) importancia que nuestra cultura da al sexo. ¿Cómo hubiese sido la vida del Marqués, cómo hubiésemos concebido su obra si, en vez de una mujer y de violaciones, hubiese narrado la vida de un joven sometido a otro tipo de torturas que nada tuviesen que ver con lo sexual, incluso describiéndolas con el mismo fervor? ¿Practicaba lo mismo que contaba? ¿Quién era el Marqués de Sade? Tal vez no lo sabremos nunca. Tal vez no debamos saberlo. Justine y su autor pertenecen ya al ámbito de la leyenda maldita y toda leyenda tiene algo de sacra. Para permanecer en el ámbito de lo sagrado –parafraseando a Mallarmé– debe conservarse en el misterio.
A los ojos de nuestra época, una en la que las mujeres hemos comenzado a reclamar y ganar derechos y nos hemos rehusado a seguir siendo todo aquello que Thérèse representa, el Marqués de Sade sigue siendo un caballero impresentable. Puede decirse de él lo mismo que Kundera decía de su Tomás: es un monstruo en el mundo de kitsch y el kitsch es la negación de la mierda. Pero no podemos soslayar que la lectura de Justine abre heridas pues, en mayor o menor medida, las mujeres nos hemos visto sometidas a múltiples maltratos. La mujer es víctima, no victimaria, o al menos eso se supone. De allí que nos cueste tanto asumir un personaje como Elizabeth Báthory, la Condensa Sangrienta. Poco hablamos de ella, que hacía en la vida lo que Sade hacía en la literatura (o al menos es donde único puede comprobarse). No niego, con ese comentario, la violencia que históricamente los hombres ejercen sobre las mujeres, que nos ha salpicado a todas alguna vez. Justine es todo lo que el feminismo parece aborrecer: un canto a la misoginia, la aniquilación sin piedad de lo femenino. ¿Lo es? ¿Qué nos impide leerlo cómo una advertencia atroz sobre lo que puede pasarnos en un mundo que abusa de las mujeres virtuosas, de las mujeres sin maldad? ¿Es la maldad una herramienta necesaria para enfrentar el mundo?
¿Gozaba Sade describiendo violaciones? Tampoco lo sabremos nunca. No sabremos si Sade, en el fondo y como los moralistas de su época, intentaba arrancarle la verdad al sexo. Sus obras seguirán siendo, al menos hasta que llegue aquella sociedad que Foucault idealizaba –donde el sexo nada tendrá que ver con el poder– , difíciles de digerir. Su transgresión a los límites, que siguen siendo nuestros límites por más que digamos que nos desprendimos de ellos, nos impiden ver sus obras con certera claridad. No todos somos Blanchot o Beauvoir, lectores mayúsculos.
Mientras tanto, Sade pasa, con su incendio grotesco, sobre nosotros. Nos reduce a lumbre y cenizas. Hasta el fin de los siglos levantará su canto rebelde sobre el mundo. Su paso es una llaga sobre el rostro del tiempo.[2]

Kelly Martínez
Miami, 2015



[1] BLANCHOT, Maurice. Lautréamont y Sade. Primera edición. México: Fondo de Cultura Económica, 1990. p. 18

[2] OROZCO, Olga. Maldoror (poema)
   En: OROZCO, Olga. Obra poética. Selección, prólogo, notas, cronología y bibliografía de Manuel Ruano. Primera edición. Caracas: Biblioteca Ayacucho. p. 42






Justine o los Infortunios de la Virtud
Marques de Sade 
Edición revisada y corregida, CAAW Ediciones, 2016. Prólogo de Kelly Martínez
está disponible en Amazon



jueves, 24 de marzo de 2016

Visitando Radio Martí y celebrando buenos resultados


El pasado 2 de marzo estuve de visita en el estudio del programa Con voz propia, de Radio Martí donde conversé con sus excelentes anfitrionas Michelle, Vicky y Exilda, sobre los proyectos que desarrollo en mi compañía Cuban Artists Around the World: CAAW Ediciones y Funcionarte
Realmente fue una entrevista muy amena, donde conversamos de los catálogos que estoy desarrollando en CAAW Ediciones: Catálogo Erótika, iniciado con mi libro Exorcismo Final y seguido con Orgasmos, un libro de narraciones del escritor cubano Josué Barredo Lagarde. Donde además, estoy revisando y reeditando clásicos eróticos como Las once mil vergas, de Apollinaire con prólogo de Angel Velazquez Callejas, y Justine o Los infortunios de la virtud, de Sade con prólogo de Kelly Martínez.
Y el Catálogo Yulunkela, que incluirá la obra de escritoras latinas, iniciado con el libro de cuentos A Gabriel no lo mató la luna, de la escritora cubana Idania Bacallao Iturria, y antes del verano contará con la novela testimonial Los cinco anillos del poder, de la escritora guatemalteca Silvia Mansilla Manrique y la participación de la artista plástica Narah Valdés en el diseño de la portada. Esta novela actualmente se encuentra en revisión y edición.
Con estos dos catálogos, CAAW Ediciones pretende publicar y promocionar la obra de escritores y escritoras, que generalmente no tienen fácil acceso a las grandes editoriales, ya sea por el género que escriben: erótico, o porque son autores inéditos y completamente desconocidos en los circuitos comerciales, pero que no por esto tienen una excelente calidad literaria. 
A pesar del poco tiempo de fundado, me complace decir que CAAW Ediciones tiene ya en lista de revisión, edición y publicación, cinco libros originales más de otros autores y autoras, y todos las semanas nos contactan escritores interesados en publicar.  
Por eso hoy me siento muy feliz y agradezco cada minuto al Universo, porque soy una mujer que no se cansa de soñar y convertir esos sueños en realidad, sabiendo que el cielo es el límite. Por eso hoy me felicito y me digo bajito al oído, dándome palmadas en la espalda, que estoy muy orgullosa de mí misma, porque en el 2012, después de muchos años trabajando como productora de televisión y guionista, cuando cancelaron el programa donde trabajaba y quedarme desempleada con mi Carola de la mano, decidí reinventarme, y esa idea que comenzó creando mi propia y pequeñita compañía Cuban Artists Around the World, INC, (CAAW INC), me ha llevado hasta aquí, en un camino donde todos los días conozco y trabajo con excelentes artistas y escritores, que como yo no se cansan de soñar, a pesar de los golpes que da la vida. Y sé que será un camino que continuará y continuará cada día pálante y pa'rriba en una espiral infinita de luz. ¡¡Así es y así será!!
Y para que te alegres conmigo, si eres de los felices y emprendedores arriesgados como yo, te comparto la conversación con las muchachitas de Con voz propia, así que pincha aquí y escucha. Y si quieres, después me escribes a caawincmiami@gmail.com, que yo siempre respondo. Bendiciones... ¡¡seguimos caminando!!... digo yo