viernes, 30 de mayo de 2008

Otro muerto que me debe Fidel


Mi abuela murió esta tarde en Labana. Hacía 8 años que no nos veíamos. Y 6 años que no veía a mi padre cuando también se murió en Labana hace dos años. Esas dos muertes lejos de mí, me las debe Fidel Castro, porque no pude ir a enterrar a ninguno de los dos. El gobierno de Labana me mantiene castigada sin permitirme entrar a mi país. Mis únicos pecados contra el régimen cubano mientras viví en la Isla, fueron entregar el carnet de la UJC en 1990 cuando me cansé de formar parte de la farsa militante- uniformada a la que prácticamente me obligaron a entrar en mi adolescencia; relacionarme con intelectuales y artistas de pensamiento abierto -y diferente al expresado en el discurso oficial-; y desertar de un evento internacional de vídeos, al cual salí con visa gestionada por el Ministerio de Cultura -y pagada en su totalidad por mí-, en el cual sólo estuve 24 horas. Todo esto siendo miembro de una conocida familia comunista y después de haber sido, durante años, formada para integrar la vanguardia socialista de mi país. Al parecer, estos hechos son más que suficientes para que me impidan entrar a mi país a enterrar a mi abuela y a mi padre. Por lo menos enterrarlos, porque verlos en mucho tiempo no me lo permitió.
Debo confesar que cuando salí de Cuba, lo hice preparada para no volver a ver a mi abuela. Dos años antes, le habíamos celebrado por todo lo alto sus 80 cumpleaños con toda la familia. No es que mi abuela fuera una mujer frágil y muy enferma que fuera a morirse pronto, pero había algo dentro de mí, en lo más profundo de mi alma, que me aseguraba que nunca volvería a abrazar a aquella vieja mandona y autosuficiente. Porque no es que mi abuela fuera la mejor abuela del mundo, realmente tenía muchos defectos que no se esforzaba en esconder, incluso a veces bromeábamos con ella diciéndole que nos habían comido a la abuelita, dejándonos al Lobo Feroz en la casa, pero a pesar de su mal carácter, yo la amaba.
Cuando era niña y todavía la Revolución me impresionaba, mi abuela me hacía los cuentos de como la familia luchó en la clandestinidad y algunos, subieron a la Sierra Maestra, para bajar barbudos y montados en los tanques que entraron en Enero en Labana. Eran cuentos de personas humildes y semi-analfabetas que creían ciegamente en una causa, a la que todos invariablemente, les entregaron sus vidas mediante el esfuerzo y sacrificio durante años, la consagración se llamaba, hasta que murieron envejecidos y olvidados por un gobierno que nunca les pagó ni siquiera una atención médica de primera. Mi abuela era una de ellos. Muy joven junto a mi abuelo, se integró a la lucha del Movimiento 26 de Julio, entonces vivían en un cuartico de un solar en San Lázaro y San Francisco, y desde allí llevaban un ajetreo clandestino de bonos y brazalates del 26 de Julio, armas para la Sierra, dinero para materiales, y hasta leían a escondidas "La Carta Semanal". Mi abuela me hacía cuentos sin parar, mientras yo escuchaba embobecida sus historias del Ché, Camilo, y muchos más que ella admiraba inmensamente. Porque mi abuela era comunista de médula, su padre, mi bisabuelo, le había inculcado los cimientos de lo que sería después un fanatismo rojo desmedido. Entonces, cuando era niña y me educaban para ser parte de la vanguardia revolucionaria, yo admiraba a mi abuela y le prometía que cuando fuera grande, le escribiría un libro con todas sus memorias, esa mezcla de anécdotas de la clandestinidad, recuerdos de Galicia y lucha por sobrevivir en un mundo nuevo que le prometía un barbudo demagogo. Pero cuando fui grande, y descubrí que la Revolución tenía una oculta trastienda demasiado inmensa y llena además, de historias sangrientas, oscuras y escabrosas, primero me dió rabia con mi abuela porque la culpé de engañarme al no contarme la verdad sobre aquel gobierno, pero después comprendí que ella era también, otra víctima de la Revolución. Porque ella también vivió engañada por esa Revolución. Y lo más jodido de todo era que hasta su muerte cerebral, que fue mucho antes que su muerte clínica de esta tarde, ella vivió convencida que siempre hizo lo justo por una causa justa.
Pero a pesar de todo esto, de que mi abuela era más comunista que Lenin, y que muchos que la conocieron la odiaban por su intransigencia, sus informes de espionaje, y su trayectoria de lucha, ella era mi abuela, y ningún gobierno, ni gobernante, ni persona del mundo ya sea de izquierdas o derechas, podía impedirme que regresara a abrazar a la única abuela viva que me quedaba, esa pichona de gallega cascarrabias, esa vieja de muy mal carácter que estuvo lúcida hasta el último segundo, pero a quien quería muchísimo. Y que aún yo estando en el exilio, a millones de millas de distancia de su ideología y de su manera de ver la vida, todavía me gustaba conversar por teléfono con ella cuando llamaba a mi casa del Cerro, seguía escuchando, algunas veces bajo protesta, sus historias infinitas de familiares semi-desconocidos, héroes verdeolivos y añoranzas de una Cuba que ya no existía... digo yo.
PD. Espero que mi abuela descanse en paz, porque bastante agitada llevó su vida.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Cuentos de marcianos y chinos


Cuando era niña leía sin parar libros de ciencia ficción - la gran mayoría rusos por supuesto- y uno de mis grandes temores era que seres extraterrestes invadieran el planeta. Después Daína Chaviano cooperó bastante con estos miedos infantiles, y para rematar Ray Bradbury y "La Guerra de las Galaxias" completaron mis temores de una invasión marciana, por lo menos. Pero como dicen siempre, la realidad supera la ficción porque quién más alimentó mis fobias infantiles de invasión fue la Revolución donde nací, me crié y crecí. Gracias a ella no me quedó más remedio que crecer rodeada de las malditas invasiones que regresaban por montones, una y otra vez a mi vida, y que vuelvo a confesar, les tengo un pánico de muerte.
Les hago un breve recuento para que entiendan. A la primera fobia de ser invadida por extraterrestres, siguió la constatación en mi adolescencia de que estaba invadida desde hace tiempo por los soviéticos que ocupaban casi todo los rincones de mi corta vida, desde la ropa que usaba, y que era comprada por mi padre en sus viajes a la URSS, los libros que leía, la metodología de estudios que seguía, el nombre del Destacamento donde estudiaba mi auxiliar pedagógica y que era el ejemplo que nos obligaban a seguir, las medallas de pionera vanguardia que guardaba mi madre en mi nombre y que representaban a Lenin de niño, los juguetes que tenía, los muñequitos que veía en la televisión, los ballets que estrenaban, las películas infantiles del domingo en la mañana, los técnicos amigos de mi papá que visitábamos en el Reparto Naútico, hasta el programa de actuación que estudiaba en la ENIT... y lo peor fue que cuando aquella mañana de noviembre de 1982, cuando nos formaron en el patio de la beca para anunciarnos la noticia de la muerte de Brezhnev, lloré amargamente por alguien que sólo conocía de la primera página del Granma, de las noticias del noticiero cubano, y de visita a Cuba con pompa y ceremonia, pero alguien al fin y al cabo que sólo era el presidente de otro país como lo era cualquier otro en aquel momento, pero que en esencia no era mi presidente. Gracias a Dios un buen día se acabó la invasión rusa, justo cuando fusilaron a Ochoa, no es que la muerte de Ochoa acabó con la invasión rusa, es que no sé por qué razones del destino para mi el año 1989 es justo cuando perdimos la inocencia muchos de nosotros, los nacidos dentro de la Revolución, porque ese mismo año que fusilaron a Ochoa y se acabó la invasión rusa, comenzó una de las etapas más negras para los cubanos de la Isla: el período especial. Y ahí comenzó otra invasión en mi vida, la invasión de los turistas que comenzaron a llegar por toneladas a Cuba, sedientos de tabaco, ron y carne fresca, sobre todo, carne negra y mulata.

Decía que a partir de entonces muchos perdimos la inocencia porque poco a poco, empezaron a salir todos los defectos de la Revolución que durante años, el gobierno cubano trató de esconder, o maquillar, a través del cacareo de la prensa oficial, de las grandes exportaciones de sloganes a otros países de Latinoamérica, y de programas televisivos triunfalistas que consumíamos con cebollitas y col encurtidas, carne rusa, compota de manzana y vodka barato. La Revolución pasó de ser una puta con glamour, deseada por jóvenes bohemios y barbudos de todos los rincones del mundo, penetrada sexualmente por blancos rubios del CAME que la compraban al precio de cargueros de petróleo mientras ella tímidamente sólo ofrecía unos cuantos saquitos de azúcar, a ser una puta de bajeza, que se acostaba con cualquiera que diera a cambio un plato de comida, una latica de cerveza y un "blumer" barato. Retornábamos a la época de la colonización donde los españoles ofrecían espejitos y baratijas a cambio de mano de obra, bien barata.

Gracias a Dios otra vez, explotó aquello en 1994 y a la invasión del momento, la opacó otra invasión: la de los balseros cubanos hacia Estados Unidos. Pero que los cubanos se fueran por miles hacia Miami, no impidió que siguieran las invasiones en Cuba, porque detrás de la invasión de turistas de todos tipos: españoles, alemanes, italianos, canadienses, etc., etc., etc., vino la invasión de jineteras, chulos, y vendedores de todos tipos y de todas cosas. Que por cierto, todavía no ha terminado.

Cuando salí de Cuba creí que los temores a invasiones quedarían atrás, y todo iba racionalmente bien hasta ahora que regresaron mis fobias infantiles de invasión, y creánme que Hollywood no tiene la culpa con sus películas apocalípticas sobre el exterminio de la raza humana por una epidemia creada en una laboratorio gringo, o la venida de seres verde-grisáceos pegajosos y asquerosos, o una guerra con muertos-vivos que comen gentes y convierten a sus víctimas en cadáveres sedientos de sangre, o una guerra provocada por musulmanes terroristas que invaden este país después del apocalipsis del 9/11. La culpa ahora la tienen los chinos.

Por culpa de los chinos ahora cuando compro cualquier cosa, desde ropas hasta juguetes para mi hija, miro la etiqueta para leer el "Made in...", y pensarlo dos veces antes de comprar algo hecho en China, porque quiero evitar a toda costa la invasión de los chinos. Y no crean que estoy alucinando o escribiendo un cuento de ciencia ficción, pero es que realmente los chinos se han convertido en invasión anunciada, sino me creen vuelvan a ver "Blade Runner" y diganme quienes son la multitud que se aglomera en la ciudad: chinos. Ridley Scott lo sabía y desde entonces lo anunció: los chinos invadirían nuestras vidas.

Y tanto he remaldecido de los chinos cada vez que salgo de compras, o veo las noticias de fábricas chinas, progreso y desarrollo chino, que cuando me levanté hace unos días y leí que un terremoto había arrasado en China, me sentí culpable. Rápidamente pensé que Dios había escuchado mis lamentaciones y súplicas, y decidió de un solo movimiento de tierras acabar con miles de chinos a la vez para que no siguieran invadiéndonos. Encendí mi vela inmediatamente e hice un acto de arrepentimiento, un mea culpa que salvara a los chinos y los retornara felices a su tierra, sin grietas profundas, sin destrucción, sin sangre y sin dolor. Además, de una dura penitencia y de enviar ayuda monetaria a China, pedí y pedí por ellos, pero por si acaso no grito tan alto pidiendo clemencia, porque va y Dios se emociona, y vuelven los chinos a tomar fuerzas y a invadirnos... digo yo.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Deserciones y desesperaciones


Cada cubano exiliado tiene detrás una historia increíble sobre su salida de la isla y la llegada a tierra nueva. En cualquier parte del mundo donde me encuentro con cubanos, siempre terminamos intercambiando anécdotas, y los detalles muchas veces son realmente escabrosos y violentos.
Hace semanas participé activamente en una de estas historias. Todo comenzó cuando me llegó un email de Antonio Maceo y por poco me infarto pensando que el mulato general me estaba contactando desde el más allá. La primera pregunta fue ¿por qué entre tantos cubanos, el Titán de Bronce me tenía que escoger precisamente a mi?, así que picada por la curiosidad, abrí inmediatamente el mensaje para chocar con un desesperado pedido de auxilio escrito en clave medio indescifrable y enviado por un buen amigo médico que llevaba varios días escondido en una casa en Maracaibo, Venezuela porque había desertado de la misión Barrio Adentro donde llevaba casi dos años. Había pedido asilo en la Embajada Norteamericana, y estaba a la espera de que lo llamaran confirmándole que había sido aprobado. Llevaba muchos días escondido y desesperado sin respuesta alguna, y decidió pedirme ayuda. Su familia en Cuba no sabía nada de su paradero y éramos pocos, para no decir que casi ninguno, quiénes sabíamos de su odisea. El y yo comenzamos a intercambiar mensajes en un lenguaje en clave que establecimos en la marcha, adivinando los significados de las frases y suponiendo muchas otras -una habilidad que adquirimos todos los cubanos que nacimos y vivimos dentro de la Revolución, y que terminamos llevando a cuestas a todos lados, un lenguaje de frases que aparentemente no dicen nada pero que significan mucho-. Mi amigo esencialmente quería tener a alguien aquí afuera que podía ayudarlo en un momento de desesperación, y además mantener comunicación constante con el exterior mientras esperaba en su escondite, y como hace mucho tiempo pasé por una experiencia similar antes de llegar a Miami, pues él sabía que yo entendería sus necesidades y además, podría darle buenos consejos y frases de aliento en esos momentos que uno piensa que nunca verá la luz al final del túnel y piensa también, que todos se olvidaron de ti dejándote varado en esa tierra de nadie, lejos de tu familia, de tu tierra y de la salvación.
Mientras él esperaba escondido en Maracaibo, yo inicié el vía crucis de buscar ayuda en las fundaciones, organizaciones y congresistas del exilio que siempre uno ve en las noticias con historias similares, ayudando al necesitado con la mayor animación del mundo. Pero en la vida real, el camino no es tan fácil. Después de conseguir los números telefónicos adecuados de las organizaciones que podían ayudar a mi amigo, empecé con las llamadas diarias y constantes para lograr que alguien escuchara la historia de mi amigo desertor escondido en un lugar desconocido de Maracaibo. Siempre recibía las mismas respuestas: tomamos nota del caso, por favor si nos puedes enviar más información por email para poder mandarle cuanto antes una respuesta... y la respuesta no llegaba, por lo menos no con la prisa que necesitábamos mi amigo escondido y yo, que quería ayudarlo a toda costa porque conozco bien de cerca la desesperación que le entra a uno cuando está varado en un país desconocido que usa de puente para llegar a Miami. Creánme que en unos días toqué muchas puertas, llamé a muchas personas y siempre recibía las mismas respuestas de que estamos trabajando en el caso.
Había días que mi amigo se derrumbaba y me confesaba que pasó la noche llorando, encerrado sin saber que canal de televisión mirar, dando vueltas entre la cama y las cuatro paredes de su encierro, sólo salía a comprar comida cada dos o tres días, y a visitar un cibercafé donde revisaba su correo electrónico a nombre de Antonio Maceo donde sus dos o tres amigos que conocíamos la historia, les escribíamos puntualmente para que supiera que aquí afuera existían personas interesadas en él.
A la misma vez, comencé a servir de puente de información entre su familia en Labana y él, recibía sus mensajes en clave y los re-enviaba a Cuba, con mis comentarios en clave también, era una cadena desesperada de noticias y mensajes entre Maracaibo, Labana y Miami que seguro que seguían consternados los agentes de seguridad en la Isla como si fuera la telenovela del día, acostumbrados a disfrutar historias ajenas que los distancie de su sufrimiento doméstico, que seguro le reprochan diariamente sus esposas.
Finalmente la Embajada Norteamericana lo citó y ahí fue otro vía crucis, salir del escondite para llegar a Caracas a entrevistarse y recoger todos los documentos, fueron tres días desesperantes, llamando a toda hora a su celular para saber que estaba bien y que ningún testaferro del gobierno cubano, de los que me aseguró abundan en Venezuela, lo había descubierto y denunciado, porque además, los cuentos de horror sobre denuncias y extradicciones para la Isla de los desertores de las misiones internacionales, eran muchos y casi todos repletos de una fabulación terrible en vejaciones y maltratos. Gracias a Dios mi amigo fue y regresó sano y a salvo de Caracas y rápidamente, comenzó otro martirio, preparar el viaje a Miami.
El día señalado, un sábado a las 6 AM, probamos el buen estado de nuestros nervios y corazones, porque ese día sucedió de todo, desde que un agente de aduanas lo detuvo en el aeropuerto de Maracaibo pidiéndole un soborno a cambio de silencio, el avión sospechosamente tuvo una falla en el tren de aterrizaje que demoró horas la salida hasta los agentes de inmigración norteamericanos se portaron muy mal con el interrogatorio previo a la entrada al país. Finalmente pudimos darle la bienvenida a mi amigo en tierras de libertad (un eufemismo que le encanta a nuestros viejos del Versailles) y respirar tranquilos, a pesar de todo el sufrimiento, otro se le había escapado a Fidel Castro - y que me perdonen los que siguen luchando dentro de Cuba-. Mi amigo me ha puesto a pensar, porque pienso que es hora que empiece a recompilar las historias de mis amigos sobre su salida y llegada a "tierras de libertad", creo que sería un buen bestseller... digo yo.