martes, 19 de octubre de 2010

Nostalgias y recuentos. (Un homenaje a mi madre)

Labana escapa entre ruinas todas las noches de mi vida. Cierro los ojos y tengo a Labana a mis pies y decido caminarla, sin cansancio, como hacía cuando vivía dentro de sus intestinos. Hace 10 años que no la camino, que no la huelo, que no la saboreo, que no la toco y me duelen las uñas de perseguirla en mis pesadillas. Cierro los ojos y camino bajo el sol apestoso a uniforme de escuela, a grajo de negro, a humedad de solares, a pan, a basura amontonada, a bistec con mucho ajo, agua encharcada, puerco criado en bañadera, cierro los ojos. Ahí está Labana, esa ciudad perdida clavada en el medio del pecho que a medianoche me gotea la nostalgia. Una ciudad maldita cargada de paranoicas sombras desveladas, deambulantes fantasmas esmeraldas que brillan su letanía como una desentonada balada. Labana, esa ciudad que tengo deshecha a grietas y barandas, a hierros forjados y persianas, a techos de vitrales rotos, a portales malditos enloquecidos en multitud. Cierro los ojos y camino, camino, camino Labana, esa ciudad única, agazapada como una mujer abandonada besando el muro de las esperanzas -y las desesperanzas-, una ciudad podrida en salitre mañanero, en meao de borracho y en buchitos de alcolifan. Olvidada. Labana, una ciudad penando como solo penan las separadas, y aquel mar inmenso, azul, democrático -como dijera alguien- penetrándola, a veces macho cabrío, a veces amante afeminado con crestas casiazules de espuma en sus putipiernas abiertas, Labana. Cierro los ojos y definitivamente tengo esta ciudad, Labana, ciudad perdida en el medio del pecho que a ratos se desvanece, se desvanece, se desvanece y me atormenta que se vaya, para siempre, que no regrese a castigar mis pesadillas y a rajar mi boca sedienta de su churre, de sus gritos al mediodía, de suspiros, gemidos y cachondeo. De los amigos que no existen y que imagino, o que no imagino porque existen. Esta ciudad, Mi Habana, Labana rasgada en mis vestidos de niña, viene y va, va y viene cuando cierro los ojos, y me atormenta, me atormenta la añoranza. Puta Habana... digo yo.

domingo, 17 de octubre de 2010

El sexo y yo (Un tema no apto para todos los amigos)

La culpa la tiene mi madre que cuando comencé a preguntar sobre sexo y ya sabía leer, me regaló "Cuando tu hijo te pregunta" y "Antes de que nazca un niño", dos libros rusos que explicaban el asunto de la A a la Z con "dibujitos" incluidos. Uno era para los padres, pero mi madre entendió que era lo suficientemente inteligente como para volverme autodidacta en el tema, y decidió que indagara los dos lados: la visión infantil y la paterna. Después, cuando tenía como 11 años y la menstruación era inminente, además que empezaba en la beca, me regaló "Piensas ya en el amor", otro libro ruso que siempre perseguía por mi casa porque mis primos lo escondían en el baño para masturbarse con la foto de la adolescente desnuda frente al espejo. -En Cuba a pesar de la promiscuidad social, no habían muchas opciones sexuales con la prohibición de la pornografía y la prostitución-
Mi madre, que siempre ha sido una temática liberal, prefirió que supiera todo desde temprano y quedarse a la espera de dudas y debates sobre lo que aprendía de mis lecturas nocturnas. Unas lecturas que no despertaban todavía -a esa edad- mis deseos sexuales, pero que me volvieron una instruida a profundidad en el tema.
Después de las lecturas orientadas por mi madre, vino la experiencia del internado mixto en la beca y el primer novio real. Todavía el sexo no era un asunto que despertara mis deseos carnales aunque sabía teóricamente todo lo necesario, pero toda la parafernalia del beso con lengua y el manoseo en la oscuridad del pasillo aéreo, me parecían asquerosos y aburridos. Hasta tuve un novio que "me botó" porque me negaba a "apretar" con él a la hora de la recreación, y eso que era bello y me encantaba, pero parece que mi lado conservador taurino pesaba demasiado en mi carácter de pubertad.
Pero el grupo... el grupo social ejerce una presión martilleante en las personas, y ya me avergonzaban los comentarios en el albergue donde todas presumían de sus experiencias sexuales y yo no podía aceptar que el asunto me parecía poco llamativo a pesar de mis conocimientos sobre el tema. Así que al próximo novio de turno que me invitó al sexo, le acepté la propuesta y de pronto me vi enredada en un aula oscura, con el corazón en la punta de la boca, en un traqueteo novato de sacadera de ropa, toqueteo y besuqueo. Entonces coordinarlo todo en una sola operación era super difícil, mi cerebro todavía no procesaba todas las acciones en conjunto y la torpeza era dueña de la situación. Y lo peor era que no le confesé al novio que era mi primera vez, así que demostrar que era una experimentada en el asunto, lo hacía mas complicado de ejecutar. Finalmente y créanme que no recuerdo como, aquello estaba dentro de lo mío, un dolor intenso, tres movimientos rápidos - casi todos de él- y un espasmo convulsivo con un silencio - también todos de él-. Y yo estaba ahí, sofocada y alborotada, embarrada de saliva y semen con los créditos finales subiendo en la pantalla. "¿Y esto es el sexo!!!!????" Definitivamente era una mierda y me habían engañado, tanto mis amigas como los libros que me regaló mi madre. - Lo de embarrada viene porque los preservativos no se usaban ni tenían la fama y publicidad de ahora, y por culpa de esta ignorancia sufrí un aborto muy temprano, pero esa historia la cuento otro día-
Pero otra vez mi madre que seguía paciente a la espera de mis dudas y debates, me alentó a que el sexo era mucho mas que una experiencia desagradablemente húmeda y apurada en un aula de una secundaria en el campo. Aclaro, nunca le mencioné a mi madre que era yo la de las dudas, siempre le hablaba en tercera persona, comentando mis dudas como si fueran las dudas de mis amigas. Así que mi madre hablaba de lo maravilloso del sexo no para que yo supiera que mi experiencia era una mierda, sino para que le contara a mis amigas "dudosas" y para que yo supiera que cuando me llegara el momento, tenia que abrirme a todas las sensaciones inimaginables sin censura ni prejuicios. Pero yo seguía mas cerrada que una ostra y mas renuente que una vaca camino al matadero. Finalmente ese novio, él de la primera vez que él nunca sospechó que fue la primera vez, me botó por mi poco entusiasmo sexual.
Vino otro que duró un poco mas porque era mas romántico, mas paciente y tenía menos urgencias sexuales porque traía la experiencia de una relación con una mujer mucho mayor. Ahí me dejé llevar en la experimentación aunque el orgasmo lo tuve que perfeccionar durante años masturbándome. Al principio era chocante tener que recurrir a la masturbación para alcanzar el clímax -lenguaje usado en los libros- y fue una de mis primeras rebeliones feministas contra la naturaleza -todavía no sabía de Dios ni de religión porque fui criada en una familia atea y comunista-. Tenía la convicción que fuimos creadas con cierto prejuicio machista y que era injusto que ellos alcanzaran el clímax y nosotras nos quedáramos en banda, y que ademas nos tocara la parte de la maternidad. Era injusto, así que la naturaleza tenía que desenmascararse y demostrar que mas que ella, era él. Definitivamente "ella" -la naturaleza- era un macho machista. Pero con este novio comenzaron otros problemas: el sexo oral. Aquello si no estaba en los libros -recuerden que los libros consultados hablaban del tema de la reproducción y por tanto, el acto sexual era solo mencionado como la vía de reproducción, así que los dibujitos no ilustraban mucho mas allá de la posición del misionero-. Nadie me explicó en detalles que aquello dentro de la boca era necesario, gratificante y placentero. Así que otra vez relució mi lado conservador taurino y no faltó nada para que volviera a la época del hueco en la sábana.
Otra vez mi madre, aclaró dudas y se sumó en el debate pero el asunto de la boca y los genitales todos juntos y revueltos, no acababa de agradarme. Ninguna boca en ningún genital, hasta allá llegaba mi negativa. Este novio romántico y paciente también se fue sin gozar de una experiencia plena de sexo oral conmigo, el pobre quisiera pedirle disculpas. A pesar de este incidente, ya por esa fecha yo había logrado quitarme un poco el estigma de frigida entre el grupo social de amigos, y presumía de una experiencia y conocimientos inmensos.
Y llegaron las escuelas de arte. Cuando entré a estudiar en la ENIT fue: "Oh misterio de la vida al fin te encuentro". Aquello si era una bacanal de las buenas. El sexo se olia en el aire. Era un campo de experimentación de todos los sentidos, y el sexo, el alcohol y las drogas eran las vías de alcanzar el Nirvana. Pero no solo me abrí al sexo hablando de sexo abiertamente, disfrutando del sexo abiertamente, compartiendo el sexo abiertamente, sino que también me abrí a casi todo: libros prohibidos que eran intercambiados sin censura, temas prohibidos que se hablaban sin censura, amigos homosexuales, locos, disidentes, exposiciones de arte polémicas, muestras de cine estramboticas, en fin que habia entrado al Paraíso en las mismas narices de la Revolucion y nadie me detenía. Gracias a esa época, hoy sé y he sentido a plenitud, que el sexo y el acto sexual "a lo humano" es una de las cosas mas maravillosas que se ha inventado.
Les cuento todo esto a modo de introduccion porque aquí viene mi preocupacion actual con el sexo, ahora que estoy a la vuelta de todo, que he probado todas las posiciones del Kamasutra, que voy por el ¿? matrimonio y que el sexo lo gozo sin medida, otra vez el maldito sexo me trae con insomnio.
Porque ahora soy madre, y Carola no tiene ni una gota de niña ingenua. Cuando a los tres años, preguntó curiosa si la madre embarazada de un amiguito del Daycare se había comido al bebé y por eso tenía la panza grande y al bebé dentro, enseguida halé por una enciclopedia ilustrada y le expliqué el asunto completo con "dibujitos" incluidos. Carola con los ojos como platos escuchó toda la explicación y al terminar solo preguntó: ¿Como puede salir un bebé por el toto? Mi única respuesta fue: "Porque el toto dilata". No sé si entendió, ni siquiera me detuve a pensar si una niña de tres años sabía el significado de "dilatar", solo sé que nunca mas ha tocado el tema y es un asunto del que se habla sin censura en mi casa. Pero recuerdo a la madre de un amiguito de Carolina que se escandalizó y por poco llama al 911 cuando se enteró que mi hija de tres años sabía todo el proceso con "dibujitos" incluidos, y también recuerdo todas las caras escandalizadas a mi alrededor cada vez que cuento la anécdota.
Y es que les explico, vivo en un país donde los niños se crían en el temor de la relación con extraños y del sexo, donde un niño si habla de sexo en la escuela enseguida se puede desatar una investigación contra los padres. Todos gozan del sexo pero a escondidas, de eso no se habla ni en el trabajo, ni en la calle y es un tema restringido y oculto solo apto para amigos cercanos, en mi caso con casi todos cubanos de mi generación que crecimos sin prejuicios sexuales en escuelas al campo y podemos hablar de "templar" abiertamente sin sonrojarnos. -Y eso que como soy políticamente incorrecta hablo de sexo donde quiero pero no quita que he tenido buenos regaños y criticas- Un país donde el sexo abarrota las pantallas de todo tipo, donde no hay series de tv donde no se tiemple ni película de cine donde no se vea una teta, pero que del sexo tenemos que hablar escondidos en el baño lejos de los niños. Un pais liberal para muchos, pero extremadamente conservador para todos. Y en este país estoy criando a Carola, y no es que no me guste el Imperio porque soy de las pocas de mi círculo social que defiendo fervorosamente al Imperio, pero me doy cuenta que este país no tiene un ambiente sano para criar a mi hija sin prejuicios sexuales. Y mucho menos después que Clinton afirmara que el sexo oral no es sexo y que Bush hijo, promoviera la abstención sexual entre los jóvenes. Por Dios, ¿como puedo criar a una hija con estos truenos? En fin, que el sexo nuevamente me tiene preocupada cuando crei que ya habia pasado por todo con ese asunto y estoy ahora mismo sentada en la encrucijada con Carola frente a mi. ¿Crio a esta niña como lo hizo mi madre, sin prejuicios ni censuras abierta a la dudas y los debates a cualquier edad sobre el tema, o simplemente me vuelvo una hipocrita social como todos a mi alrededor? No creo que pueda serlo con mi personalidad, pero por si acaso ando mezclando un poco de mi liberalismo sexual con conservadurismo social a ver que sale. Y ojalá que de este mejunje, Carolina no me salga asesina en serie porque igual cuando me haga la próxima pregunta, sé que no le contaré la historia de las abejitas, los perritos y la cigueña, volveré a sacar la enciclopedia ilustrada y le explicaré todo con "dibujitos" incluidos, y que me llamen al 911... Por el momento, solo rezo para que no sea monja porque nunca le perdonaría que se perdiera la experiencia, por lo demas que sea lo que Dios quiera... digo yo.

sábado, 16 de octubre de 2010

Inventario a los 40.

Nací en 1970. El año de las 10 millones de toneladas de azúcar de que van, van, y nunca fueron. Quizás ese fracaso marcó mi vida para siempre. Lo cierto es que de cualquier manera siempre he estado a mitad de todo. Y en el medio, no hay la suficiente acumulación de drogas y alcohol como para olvidarlo. No fui lo bastante adolescente para adorar a los Beatles y los Rolling Stones, pero tampoco para llorar por Nirvana y Queen.en una esquina de Labana, a la vista de todos. Siempre estoy buscando desesperadamente algo que me haga feliz, lo mismo da crear mis propios collares, que anhelar tener sexo desenfrenado con el Dalai Lama contra la pared de su templo, sin sonrojarme. -Y entiéndase que no es precisamente por falta de sexo- Pero ya aprendí que todos siempre estamos en eso, buscando algo que nos haga completamente feliz. Y aunque sé que hay libros de auto-ayuda que traen la solución a todo, todavía me resisto a leerlos. Sigo pensando ingenuamente que yo misma la encontraré.
Todavía lloro con las películas de Disney y no le perdono al viejo que matara impunemente a la madre de Bambi, tampoco que humillara al pobre Dumbo. Pero siempre he sospechado que Walt era homofóbico y racista , sino nunca hubiera creado un ratón tan ridículo. Y ojalá que Carola no lea esto porque Mickey es lo máximo. De cualquier manera algún día tendrá que aceptar que aunque vivamos en la Yuma, su madre es  el producto de  la Revolución de un loco.
Aprendí a bailar casino con los Van Van, a suspirar con las canciones de Silvio mientras la mano sudada del novio de turno me manoseaba el culo en la escalinata universitaria. A escondidas, me especialicé en fumar y masturbarme en el baño asqueroso de una beca en Güira de Melena. Perdí la virginidad una noche cualquiera con un tipo que no me gustaba, pero era necesario para demostrar que podía ser una muchacha fácil, a la altura de todas mis amigas. Las mismas amigas de las cuales no recuerdo el nombre pero que igual busco incesantemente en Facebook. Quizás necesite un poco de aquella aceptación, ahora que la crisis de los 40 me ronda. Intento no parecer análoga en un mundo digital, pero mi hija siempre resalta mi ignorancia y se burla de mi acento latino, -una palabra políticamente correcta que aprendí a usar en el exilio,- donde todos presumimos de querer una Cuba Libre pero no pasamos de los noticieros y de las mínimas donaciones financieras mensuales,  -quienes las hacen-. Ya sé que estos comentarios pueden condenarme al destierro del Versailles, pero igual me he especializado en irreverencia verbal y estoy convencida que como nadie me paga la renta, no tengo porque rendir pleitesías públicas.
Al igual que cualquier cubano, por momentos me creo ser el ombligo del mundo, un mundo lleno de otros latinos ahogados en su propia nostalgia como nosotros. No se quien soy, que quiero, ni adonde voy, pero igual todas las mañanas estiro mi brazo para golpearme la espalda y darme ánimo frente al espejo del baño porque no tengo los ovarios necesarios para derrumbarme en un país ajeno, lejos de mi familia, para luego, despingada en el abismo, escuchar la voz de mi padre difunto decir: te lo dije…porque realmente nunca me lo dijo y hubiera preferido que me gritara que fue una tontería exiliarme sola en Miami, en vez de escuchar su  pesado silencio al otro lado de la línea, cada vez que respondía al teléfono y lo agarraba desprevenido pensando en mi. 
Colecciono frases de famosos y series norteamericanas de televisión, porque siempre he creído que los demás son lo suficientemente cínicos como para avergonzarme, pero igual me encanta parafrasear a Marc Twain y decir que prefiero el infierno por la compañía que el cielo por el clima, aun cuando no pienso siquiera en la muerte después de la vida. Pero en el mundo de escenarios que me moví, prefería ser una desvergonzada original que una patética clonada de cualquier personaje inventado a lo WG -escritora lánguida cubana.- No sé si me explico, porque como dice un buen amigo mío, cuando me da por la literatura me enredo, y prefiero odiar los poemas que escribo compulsivamente escondida en mis madrugadas solitarias, que enseñarlos y presumir de ellos, a pesar de los premios ya olvidados que alguna vez recopilé, y dejé en Labana en cualquiera de las cajas que yacen en mi cuarto.   
Me encantan los hombres complicados, y también jugar con la idea del objeto oscuro del placer, una frase que repito constantemente. Será por eso que vivo enamorada del mismo hombre desde hace nueve años , un machista consumado que nació blanco por equivocación, dos cosas que no pegan con la imagen de mi misma que me he inventado. Igual puede ser que el tilín de racismo comunista que se me pegó de mi familia igualitaria y humilde, no me permite darle el atisbo de orgullo sexual que tanto enarbolan, y todavía seguimos jodiendo con aquello de memorias del subdesarrollo para sentirnos seres superiores en un mundo que pregonamos igual, pero  que realmente no tiene la funcionalidad equitativa de justo y tolerante. -Ya sé que este comentario también me traerá problemas, pero insisto en aquello de la irreverencia verbal-.
Sigo sin entenderme, pero ya rebasamos la idea inicial en este escrito,  de que la crisis de los 40 me duele en las coyunturas y vigilo cada arruga naciente, para atormentar mis carnes con la representación de que algún día seré polvo del polvo, o la dieta preferida de cualquier gusano cachondo y rechoncho. Definitivamente, esto de envejecer no me asienta aunque lo mezcle con vino. 
Igual empezamos otra vez: nací en 1970. El año de las 10 millones de toneladas de azúcar de que van, van, y nunca fueron. Y quizás ese fracaso marcó mi vida para siempre. Soy una hija de la Revolución Cubana  -que conste lugar ni tiempo que escogí para nacer pero fue lo que me tocó por la libreta-, y el estigma de esa verdad me perseguirá por los siglos de los siglos, amen,  aunque cada día perfeccione mi odio hacia Fidel Castro. Pero irremediablemente lloro con "Oh melancolía" cuando la escucho, devoro cualquier cosa porque el estómago lo perdí en la beca  y los Van Van me mueven el culo aunque esté amarrada con una camisa de fuerza. Y una de las mejores libertades que  disfruto es precisamente esa, la de ser como me da la gana.
Y ahora que la crisis de los 40 me levanta de madrugada sudando a chorros, y me pongo a hacer inventario de mi vida, me doy cuenta que al final soy solo un ajiaco de miles de sucesos encadenados en mi destino, que no encajo ni en Labana que sólo llevo en mis recuerdos, ni en la Yuma que me acogió con los brazos abiertos, ni en ningún otro sitio donde no esté durmiendo mi hija tranquila y feliz a mi lado, donde reposen mis libros, mis CDs y mis fotos, y donde pueda de vez en cuando poder reírme con un amigo de las incongruencias del día. Me doy cuenta que en definitiva la única mierda que me llevaré es esa, la de vivir como me da la gana, impolitícamente incorrecta, malhablada y ¿por qué no?, pionera.  Porque sino para que coño me quemé el culo cruzando el desierto de Sonora- Arizona. Y lo demás, que se vaya al carajo... digo yo.

sábado, 25 de septiembre de 2010

La furia, ese monstruo de cuatro cabezas.

Cuando era una niña y me poseía la furia, mi abuela Mima Europa, me daba un vasito ruso para que lo reventara contra la pared del vertedero y así poder tranquilizarme. Aunque no era un método muy ortodoxo, sí era muy eficiente. Y lo que mas me sorprendía, porque siempre creí que mi abuela era capaz de arrancarle con el cuchillo de cocina la cabeza a cualquiera, era que Mima Europa decidiera aniquilar en masa los vasitos rusos, en vez de masacrar familiares, amigos y vecinos. Y me sorprendía, porque los vasitos rusos como la carne en conserva, la col agria y el Osito Misha, eran símbolos de un país que ella reverenciaba por encima de todo, incluso por encima de su familia. Pero mi abuela era impredecible.
Los vasitos rusos eran yoga para la furia porque reventaban en un montón de pedacitos de cristal y sonaban seco como una bomba explotada bajo tierra. (Por favor, no quiero herir susceptibilidades, no tengo nada contra los vasitos rusos, soportaban muy bien el calor del café)
Con el tiempo se extinguieron los vasitos rusos y pasaron a ser reliquias celosamente guardadas, excepto en mi casa que terminamos comprando vasitos de ferretería. Al principio tuve la esperanza de encontrar un suplente, pero después de aniquilar varios tipos de vasos, me di cuenta que eran irreemplazables. A la furia, se sumó la desesperación, y llegué hasta robar dos vasitos rusos de casa de una amiga que al reventarlos escondida me dejaron una sensació de culpabilidad inmensa. Comprendí que me había convertido en asesina en serie de vasitos rusos y como los alcohólicos, debía entrar en rehabilitación. Pero antes, era necesario buscar otras terapias para evacuar mi furia.
Intenté de todo, morder almohadas hasta que me dolieran los dientes, encerrarme en el baño a despotricar contra todos, duchas frías, sexo loco, alcohol, pintarme el pelo de verde, intercalar malas palabras entre frases y en voz alta, ser friqui, sacar malas notas y hasta contestarle groseramente a mi padre, -en el intermedio hasta me lié con un grupo de amigos descontentos con el gobierno y hablábamos horas sin censura de "lo mala que estaba la cosa". Pero la furia seguía arrinconada entre las tetas como un monstruo de cuatro cabezas que las reproduce cada vez que le cortas una.
Un día llegué a hacer un forum de intercambio de métodos contra la furia entre mis amigos. Un conocido del ICRT me confesó que iba al Estadio a gritarle improperios al ampaya cada vez que había juego de pelota. Se sentaba detrás de Home y al primer error la emprendía con el pobre hombre a grito pelado, insultándolo y maldiciéndolo. Después caminaba hasta su casa porque no había guaguas, y llegaba directo para la cama a dormir como un bebé, decía que remedio santo, que después se pasaba hasta una semana lacio y feliz. Lo intenté pero después del primer grito, el ampaya me miró con cara de "si vuelves a gritar juro que te mato", y temí represalias, así que terminé con una abominable pizza del Latinoamericano en mi mano camino a mi casa y mas furiosa que antes.
Pasaron los años, acumulé relaciones, separaciones, diplomas universitarios, amigos, enemigos y hasta un curriculum adecuado, pero la furia seguía ahí, como monstruo de cuatro cabezas que era.
Un día, después de muchas aventuras (serán contadas la próxima vez), llegué a este país, y ahora-recién cumplidos los 40-, me doy cuenta que la furia ha desaparecido y le ha dado paso al cinismo, (entiéndase respuesta rápida cargada de veneno ante cualquier situación mas coraza blindada anti bombas atómicas). Ya no quiero "entrarme a golpes" con cualquiera al primer ataque de furia, ni siquiera extraño los vasitos rusos y gritar malas palabras en cada frase hasta perdió su atractivo. Incluso descubrí que manejar sin rumbo cuando mas encabronada estás, puede ser muy relajante y terminas descubriendo sitios mágicos que te recuerdan que en este país con una alta dosis de locos furiosos con fácil acceso a las armas de fuego, pueden existir oasis de calma que te permiten mirar sobre el hombro con cinismo a cualquiera que te replete los ovarios y pensar "pobre, quizás esté estresado porque no es feliz" (eso también lo aprendí que estrés es una palabra que pega con todo como el negro). Aprendí también, que el mejor antídoto contra la furia es contar tus bendiciones, porque incluso hasta después de unas relajantes vacaciones, puedes regresar al "real world" y encontrarte demasiado desempleado y en la mierda, y no pasa nada. El planeta sigue girando, los mismo hijoe'putas de siempre siguen mandando, la lista de millonarios no se reduce, el clima se sigue jodiendo y el índice de desnutrición no mejora en Etiopía por mas sesiones extraordinarias de la ONU que se hagan y ONG se creen. Cuentas tus bendiciones, dices una frase bien cínica sobre tocarle el culo al mundo si te viran la espalda y miras pal otro lado, porque quizás de ese lado haya mejor vista al mundo afuera. Pero eso irremediablemente lo aprendes cuando tienes un cementerio de vasitos rusos en tu alma, cuando las arrugas no se calman ni con Botox y ya el rojo vivo no te va con las canas... Se aprende cuando vivir tiene que ir suavizado con Advil Liquid Gel y Bengay... pero se aprende y te queda la satisfacción que le ganaste la batalla a la furia malaleche malnacida... pero se aprende... y que conste que no meto esta perorata porque tengo cáncer y me di cuenta que debo vivir corriendo cumpliendo mis deseos pendientes en mi "bucket list"... la meto porque a veces dos años pesan mas que una vida y hay cosas por las que no vale la pena luchar, aunque sea una de las cosas que mas ames... digo yo.

viernes, 30 de mayo de 2008

Otro muerto que me debe Fidel


Mi abuela murió esta tarde en Labana. Hacía 8 años que no nos veíamos. Y 6 años que no veía a mi padre cuando también se murió en Labana hace dos años. Esas dos muertes lejos de mí, me las debe Fidel Castro, porque no pude ir a enterrar a ninguno de los dos. El gobierno de Labana me mantiene castigada sin permitirme entrar a mi país. Mis únicos pecados contra el régimen cubano mientras viví en la Isla, fueron entregar el carnet de la UJC en 1990 cuando me cansé de formar parte de la farsa militante- uniformada a la que prácticamente me obligaron a entrar en mi adolescencia; relacionarme con intelectuales y artistas de pensamiento abierto -y diferente al expresado en el discurso oficial-; y desertar de un evento internacional de vídeos, al cual salí con visa gestionada por el Ministerio de Cultura -y pagada en su totalidad por mí-, en el cual sólo estuve 24 horas. Todo esto siendo miembro de una conocida familia comunista y después de haber sido, durante años, formada para integrar la vanguardia socialista de mi país. Al parecer, estos hechos son más que suficientes para que me impidan entrar a mi país a enterrar a mi abuela y a mi padre. Por lo menos enterrarlos, porque verlos en mucho tiempo no me lo permitió.
Debo confesar que cuando salí de Cuba, lo hice preparada para no volver a ver a mi abuela. Dos años antes, le habíamos celebrado por todo lo alto sus 80 cumpleaños con toda la familia. No es que mi abuela fuera una mujer frágil y muy enferma que fuera a morirse pronto, pero había algo dentro de mí, en lo más profundo de mi alma, que me aseguraba que nunca volvería a abrazar a aquella vieja mandona y autosuficiente. Porque no es que mi abuela fuera la mejor abuela del mundo, realmente tenía muchos defectos que no se esforzaba en esconder, incluso a veces bromeábamos con ella diciéndole que nos habían comido a la abuelita, dejándonos al Lobo Feroz en la casa, pero a pesar de su mal carácter, yo la amaba.
Cuando era niña y todavía la Revolución me impresionaba, mi abuela me hacía los cuentos de como la familia luchó en la clandestinidad y algunos, subieron a la Sierra Maestra, para bajar barbudos y montados en los tanques que entraron en Enero en Labana. Eran cuentos de personas humildes y semi-analfabetas que creían ciegamente en una causa, a la que todos invariablemente, les entregaron sus vidas mediante el esfuerzo y sacrificio durante años, la consagración se llamaba, hasta que murieron envejecidos y olvidados por un gobierno que nunca les pagó ni siquiera una atención médica de primera. Mi abuela era una de ellos. Muy joven junto a mi abuelo, se integró a la lucha del Movimiento 26 de Julio, entonces vivían en un cuartico de un solar en San Lázaro y San Francisco, y desde allí llevaban un ajetreo clandestino de bonos y brazalates del 26 de Julio, armas para la Sierra, dinero para materiales, y hasta leían a escondidas "La Carta Semanal". Mi abuela me hacía cuentos sin parar, mientras yo escuchaba embobecida sus historias del Ché, Camilo, y muchos más que ella admiraba inmensamente. Porque mi abuela era comunista de médula, su padre, mi bisabuelo, le había inculcado los cimientos de lo que sería después un fanatismo rojo desmedido. Entonces, cuando era niña y me educaban para ser parte de la vanguardia revolucionaria, yo admiraba a mi abuela y le prometía que cuando fuera grande, le escribiría un libro con todas sus memorias, esa mezcla de anécdotas de la clandestinidad, recuerdos de Galicia y lucha por sobrevivir en un mundo nuevo que le prometía un barbudo demagogo. Pero cuando fui grande, y descubrí que la Revolución tenía una oculta trastienda demasiado inmensa y llena además, de historias sangrientas, oscuras y escabrosas, primero me dió rabia con mi abuela porque la culpé de engañarme al no contarme la verdad sobre aquel gobierno, pero después comprendí que ella era también, otra víctima de la Revolución. Porque ella también vivió engañada por esa Revolución. Y lo más jodido de todo era que hasta su muerte cerebral, que fue mucho antes que su muerte clínica de esta tarde, ella vivió convencida que siempre hizo lo justo por una causa justa.
Pero a pesar de todo esto, de que mi abuela era más comunista que Lenin, y que muchos que la conocieron la odiaban por su intransigencia, sus informes de espionaje, y su trayectoria de lucha, ella era mi abuela, y ningún gobierno, ni gobernante, ni persona del mundo ya sea de izquierdas o derechas, podía impedirme que regresara a abrazar a la única abuela viva que me quedaba, esa pichona de gallega cascarrabias, esa vieja de muy mal carácter que estuvo lúcida hasta el último segundo, pero a quien quería muchísimo. Y que aún yo estando en el exilio, a millones de millas de distancia de su ideología y de su manera de ver la vida, todavía me gustaba conversar por teléfono con ella cuando llamaba a mi casa del Cerro, seguía escuchando, algunas veces bajo protesta, sus historias infinitas de familiares semi-desconocidos, héroes verdeolivos y añoranzas de una Cuba que ya no existía... digo yo.
PD. Espero que mi abuela descanse en paz, porque bastante agitada llevó su vida.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Cuentos de marcianos y chinos

Cuando era niña leía sin parar libros de ciencia ficción - la gran mayoría rusos por supuesto- y uno de mis grandes temores era que seres extraterrestes invadieran el planeta. Después Daína Chaviano cooperó bastante con estos miedos infantiles, y para rematar Ray Bradbury y "La Guerra de las Galaxias" completaron mis temores de una invasión marciana, por lo menos. Pero como dicen siempre, la realidad supera la ficción porque quién más alimentó mis fobias infantiles de invasión fue la Revolución donde nací, me crié y crecí. Gracias a ella no me quedó más remedio que crecer rodeada de las malditas invasiones que regresaban por montones, una y otra vez a mi vida, y que vuelvo a confesar, les tengo un pánico de muerte.
Les hago un breve recuento para que entiendan. A la primera fobia de ser invadida por extraterrestres, siguió la constatación en mi adolescencia de que estaba invadida desde hace tiempo por los soviéticos que ocupaban casi todo los rincones de mi corta vida, desde la ropa que usaba, y que era comprada por mi padre en sus viajes a la URSS, los libros que leía, la metodología de estudios que seguía, el nombre del Destacamento donde estudiaba mi auxiliar pedagógica y que era el ejemplo que nos obligaban a seguir, las medallas de pionera vanguardia que guardaba mi madre en mi nombre y que representaban a Lenin de niño, los juguetes que tenía, los muñequitos que veía en la televisión, los ballets que estrenaban, las películas infantiles del domingo en la mañana, los técnicos amigos de mi papá que visitábamos en el Reparto Naútico, hasta el programa de actuación que estudiaba en la ENIT... y lo peor fue que cuando aquella mañana de noviembre de 1982, cuando nos formaron en el patio de la beca para anunciarnos la noticia de la muerte de Brezhnev, lloré amargamente por alguien que sólo conocía de la primera página del Granma, de las noticias del noticiero cubano, y de visita a Cuba con pompa y ceremonia, pero alguien al fin y al cabo que sólo era el presidente de otro país como lo era cualquier otro en aquel momento, pero que en esencia no era mi presidente. Gracias a Dios un buen día se acabó la invasión rusa, justo cuando fusilaron a Ochoa, no es que la muerte de Ochoa acabó con la invasión rusa, es que no sé por qué razones del destino para mi el año 1989 es justo cuando perdimos la inocencia muchos de nosotros, los nacidos dentro de la Revolución, porque ese mismo año que fusilaron a Ochoa y se acabó la invasión rusa, comenzó una de las etapas más negras para los cubanos de la Isla: el período especial. Y ahí comenzó otra invasión en mi vida, la invasión de los turistas que comenzaron a llegar por toneladas a Cuba, sedientos de tabaco, ron y carne fresca, sobre todo, carne negra y mulata.

Decía que a partir de entonces muchos perdimos la inocencia porque poco a poco, empezaron a salir todos los defectos de la Revolución que durante años, el gobierno cubano trató de esconder, o maquillar, a través del cacareo de la prensa oficial, de las grandes exportaciones de sloganes a otros países de Latinoamérica, y de programas televisivos triunfalistas que consumíamos con cebollitas y col encurtidas, carne rusa, compota de manzana y vodka barato. La Revolución pasó de ser una puta con glamour, deseada por jóvenes bohemios y barbudos de todos los rincones del mundo, penetrada sexualmente por blancos rubios del CAME que la compraban al precio de cargueros de petróleo mientras ella tímidamente sólo ofrecía unos cuantos saquitos de azúcar, a ser una puta de bajeza, que se acostaba con cualquiera que diera a cambio un plato de comida, una latica de cerveza y un "blumer" barato. Retornábamos a la época de la colonización donde los españoles ofrecían espejitos y baratijas a cambio de mano de obra, bien barata.

Gracias a Dios otra vez, explotó aquello en 1994 y a la invasión del momento, la opacó otra invasión: la de los balseros cubanos hacia Estados Unidos. Pero que los cubanos se fueran por miles hacia Miami, no impidió que siguieran las invasiones en Cuba, porque detrás de la invasión de turistas de todos tipos: españoles, alemanes, italianos, canadienses, etc., etc., etc., vino la invasión de jineteras, chulos, y vendedores de todos tipos y de todas cosas. Que por cierto, todavía no ha terminado.

Cuando salí de Cuba creí que los temores a invasiones quedarían atrás, y todo iba racionalmente bien hasta ahora que regresaron mis fobias infantiles de invasión, y creánme que Hollywood no tiene la culpa con sus películas apocalípticas sobre el exterminio de la raza humana por una epidemia creada en una laboratorio gringo, o la venida de seres verde-grisáceos pegajosos y asquerosos, o una guerra con muertos-vivos que comen gentes y convierten a sus víctimas en cadáveres sedientos de sangre, o una guerra provocada por musulmanes terroristas que invaden este país después del apocalipsis del 9/11. La culpa ahora la tienen los chinos.

Por culpa de los chinos ahora cuando compro cualquier cosa, desde ropas hasta juguetes para mi hija, miro la etiqueta para leer el "Made in...", y pensarlo dos veces antes de comprar algo hecho en China, porque quiero evitar a toda costa la invasión de los chinos. Y no crean que estoy alucinando o escribiendo un cuento de ciencia ficción, pero es que realmente los chinos se han convertido en invasión anunciada, sino me creen vuelvan a ver "Blade Runner" y diganme quienes son la multitud que se aglomera en la ciudad: chinos. Ridley Scott lo sabía y desde entonces lo anunció: los chinos invadirían nuestras vidas.

Y tanto he remaldecido de los chinos cada vez que salgo de compras, o veo las noticias de fábricas chinas, progreso y desarrollo chino, que cuando me levanté hace unos días y leí que un terremoto había arrasado en China, me sentí culpable. Rápidamente pensé que Dios había escuchado mis lamentaciones y súplicas, y decidió de un solo movimiento de tierras acabar con miles de chinos a la vez para que no siguieran invadiéndonos. Encendí mi vela inmediatamente e hice un acto de arrepentimiento, un mea culpa que salvara a los chinos y los retornara felices a su tierra, sin grietas profundas, sin destrucción, sin sangre y sin dolor. Además, de una dura penitencia y de enviar ayuda monetaria a China, pedí y pedí por ellos, pero por si acaso no grito tan alto pidiendo clemencia, porque va y Dios se emociona, y vuelven los chinos a tomar fuerzas y a invadirnos... digo yo.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Deserciones y desesperaciones


Cada cubano exiliado tiene detrás una historia increíble sobre su salida de la isla y la llegada a tierra nueva. En cualquier parte del mundo donde me encuentro con cubanos, siempre terminamos intercambiando anécdotas, y los detalles muchas veces son realmente escabrosos y violentos.
Hace semanas participé activamente en una de estas historias. Todo comenzó cuando me llegó un email de Antonio Maceo y por poco me infarto pensando que el mulato general me estaba contactando desde el más allá. La primera pregunta fue ¿por qué entre tantos cubanos, el Titán de Bronce me tenía que escoger precisamente a mi?, así que picada por la curiosidad, abrí inmediatamente el mensaje para chocar con un desesperado pedido de auxilio escrito en clave medio indescifrable y enviado por un buen amigo médico que llevaba varios días escondido en una casa en Maracaibo, Venezuela porque había desertado de la misión Barrio Adentro donde llevaba casi dos años. Había pedido asilo en la Embajada Norteamericana, y estaba a la espera de que lo llamaran confirmándole que había sido aprobado. Llevaba muchos días escondido y desesperado sin respuesta alguna, y decidió pedirme ayuda. Su familia en Cuba no sabía nada de su paradero y éramos pocos, para no decir que casi ninguno, quiénes sabíamos de su odisea. El y yo comenzamos a intercambiar mensajes en un lenguaje en clave que establecimos en la marcha, adivinando los significados de las frases y suponiendo muchas otras -una habilidad que adquirimos todos los cubanos que nacimos y vivimos dentro de la Revolución, y que terminamos llevando a cuestas a todos lados, un lenguaje de frases que aparentemente no dicen nada pero que significan mucho-. Mi amigo esencialmente quería tener a alguien aquí afuera que podía ayudarlo en un momento de desesperación, y además mantener comunicación constante con el exterior mientras esperaba en su escondite, y como hace mucho tiempo pasé por una experiencia similar antes de llegar a Miami, pues él sabía que yo entendería sus necesidades y además, podría darle buenos consejos y frases de aliento en esos momentos que uno piensa que nunca verá la luz al final del túnel y piensa también, que todos se olvidaron de ti dejándote varado en esa tierra de nadie, lejos de tu familia, de tu tierra y de la salvación.
Mientras él esperaba escondido en Maracaibo, yo inicié el vía crucis de buscar ayuda en las fundaciones, organizaciones y congresistas del exilio que siempre uno ve en las noticias con historias similares, ayudando al necesitado con la mayor animación del mundo. Pero en la vida real, el camino no es tan fácil. Después de conseguir los números telefónicos adecuados de las organizaciones que podían ayudar a mi amigo, empecé con las llamadas diarias y constantes para lograr que alguien escuchara la historia de mi amigo desertor escondido en un lugar desconocido de Maracaibo. Siempre recibía las mismas respuestas: tomamos nota del caso, por favor si nos puedes enviar más información por email para poder mandarle cuanto antes una respuesta... y la respuesta no llegaba, por lo menos no con la prisa que necesitábamos mi amigo escondido y yo, que quería ayudarlo a toda costa porque conozco bien de cerca la desesperación que le entra a uno cuando está varado en un país desconocido que usa de puente para llegar a Miami. Creánme que en unos días toqué muchas puertas, llamé a muchas personas y siempre recibía las mismas respuestas de que estamos trabajando en el caso.
Había días que mi amigo se derrumbaba y me confesaba que pasó la noche llorando, encerrado sin saber que canal de televisión mirar, dando vueltas entre la cama y las cuatro paredes de su encierro, sólo salía a comprar comida cada dos o tres días, y a visitar un cibercafé donde revisaba su correo electrónico a nombre de Antonio Maceo donde sus dos o tres amigos que conocíamos la historia, les escribíamos puntualmente para que supiera que aquí afuera existían personas interesadas en él.
A la misma vez, comencé a servir de puente de información entre su familia en Labana y él, recibía sus mensajes en clave y los re-enviaba a Cuba, con mis comentarios en clave también, era una cadena desesperada de noticias y mensajes entre Maracaibo, Labana y Miami que seguro que seguían consternados los agentes de seguridad en la Isla como si fuera la telenovela del día, acostumbrados a disfrutar historias ajenas que los distancie de su sufrimiento doméstico, que seguro le reprochan diariamente sus esposas.
Finalmente la Embajada Norteamericana lo citó y ahí fue otro vía crucis, salir del escondite para llegar a Caracas a entrevistarse y recoger todos los documentos, fueron tres días desesperantes, llamando a toda hora a su celular para saber que estaba bien y que ningún testaferro del gobierno cubano, de los que me aseguró abundan en Venezuela, lo había descubierto y denunciado, porque además, los cuentos de horror sobre denuncias y extradicciones para la Isla de los desertores de las misiones internacionales, eran muchos y casi todos repletos de una fabulación terrible en vejaciones y maltratos. Gracias a Dios mi amigo fue y regresó sano y a salvo de Caracas y rápidamente, comenzó otro martirio, preparar el viaje a Miami.
El día señalado, un sábado a las 6 AM, probamos el buen estado de nuestros nervios y corazones, porque ese día sucedió de todo, desde que un agente de aduanas lo detuvo en el aeropuerto de Maracaibo pidiéndole un soborno a cambio de silencio, el avión sospechosamente tuvo una falla en el tren de aterrizaje que demoró horas la salida hasta los agentes de inmigración norteamericanos se portaron muy mal con el interrogatorio previo a la entrada al país. Finalmente pudimos darle la bienvenida a mi amigo en tierras de libertad (un eufemismo que le encanta a nuestros viejos del Versailles) y respirar tranquilos, a pesar de todo el sufrimiento, otro se le había escapado a Fidel Castro - y que me perdonen los que siguen luchando dentro de Cuba-. Mi amigo me ha puesto a pensar, porque pienso que es hora que empiece a recompilar las historias de mis amigos sobre su salida y llegada a "tierras de libertad", creo que sería un buen bestseller... digo yo.